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En
la primavera de 1980, las cenizas de Tamara de Lempicka fueron
arrojadas desde un avión sobre el mítico volcán Popocatépetl,
siguiendo la voluntad de la mundana pintora, que había muerto poco
antes, al filo de los 82 años. Los últimos (sin dejar de ser un
personaje excéntrico y fuerte), los había vivido en el clima
suavemente cálido de Cuernavaca, cerca y lejos de la gran Ciudad de
México. El último hombre en la agitada y singular vida de Tamara fue
un mexicano, Víctor Contreras, artista y guapo, protegido por el
príncipe Yussupov en París, donde había conocido a Tamara, en
1958...
Cubierta de tules y
grandes pedruscos, en la ciudad que inspiró Bajo el volcán, la gran
novela de Malcolm Lowry, todo en la vida de Tamara de Lempicka
(nacida Gorska, en Varsovia, 1898, cuando Polonia formaba parte aún
del Imperio Ruso), suena a novela. Venida al mundo en una familia
adinerada –aunque tampoco en exceso– que pasaba temporadas en San
Petersburgo y en Montecarlo, Tamara nunca pudo ni quiso ocultar que
su lugar natural estaba entre una aristocracia decadente,
internacionalista y cosmopolita, acostumbrada a viajar, a hablar
diversas lenguas y por supuesto (bajo la cúpula de las Artes) a
divertirse...
Una amplia retrospectiva
rescata ahora la obra de la inconfundible pintora “déco”, testigo y
protagonista de la singular decadencia de la modernidad. El escritor
Luis Antonio de Villena recuerda en este número los avatares
de una mujer que llegó al mundo del arte empujada por la necesidad y
presenta los datos de la muestra , que estará centrada entre 1922 y
principios de los años 40.
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