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Cuando murió Edward Hopper,
a los 79 años, en 1967, el pop art estaba en el punto culminante. El
alto y lacónico pintor de Nyack, Nueva York, había gozado de
popularidad durante la mayor parte de su larga vida, por sus
representaciones de cafeterías, restaurantes y calles desoladas. Sin
embargo, las figuras y paisajes de Hopper no eran irónicos ni
críticos, como los de los artistas pop, ni tampoco adoptó una
actitud condescendiente en su tratamiento de los temas
norteamericanos, como hicieron muchos de estos artistas. Además, era
mejor que ellos como pintor.
Se identificaba con el
hombre de la calle, en vez de bromear sobre el mal gusto de la clase
media y sobre la orgía consumista que desencadenó la prosperidad de
posguerra. Hopper no imitó los procesos de reproducción que vaciaban
de significado las imágenes, convirtiéndolas en simulacros de la
realidad. Desde su muerte, no obstante, su fama ha seguido
aumentando y se le ha llegado a ver como una figura singular, no
sólo dentro del Arte de Estados Unidos, sino a nivel internacional.
Se le clasifica como un
pintor de la American Scene –realismo social–, pero no es hacer
justicia a este destacado artista, uno de los más grandes del siglo
XX, el situarlo en compañía de los realistas provincianos que
glorificaban los campos de maíz del Medio Oeste y a los vagos de
barrios bajos, como la calle Bowery de Nueva York.
Hopper nunca fue
pintoresco ni sensiblero. La ambigüedad y la maestría de su obra, su
capacidad para construir estructuras formales tan sólidas y
convincentes como las del cubismo, su perspicacia psicológica y su
dominio sin igual del manejo del pincel, la composición, la luz y el
color sitúan a Hopper en una categoría privativa suya. Como pintor,
está más cerca de Balthus que de Thomas Hart Benton.
La Tate Modern de Londres
reúne ahora sus mejores trabajos, en la mayor retrospectiva
organizada en Europa en los últimos veinte años sobre la obra de
Edward Hopper. En el número de junio, Barbara Rose explica la
vida y las características de la obra del norteamericano. En un
segundo artículo, Javier Memba desvela la relación de la obra
de Hopper con el cine y la influencia de sus cuadros en numerosas
películas.
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