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“Es superior a todas las
estatuas modernas o antiguas, tanto romanas como griegas (...).
Quien vea esta obra de escultura ya no hace falta que se preocupe
por ver ninguna otra de ningún otro artista, ya sea de nuestro
tiempo, ya sea de cualquier otro tiempo”. Estos encendidos elogios
sobre el David de Miguel Ángel los hacía Vasari, en 1550, en su
célebre obra Vidas de artistas. El tiempo le ha dado la razón, ya
que el David, que cumple ahora quinientos años y ha sido
cuidadosamente restaurado, se ha convertido en un verdadero icono
del Arte y en una de las esculturas más admiradas de todos los
tiempos.
El millón largo de
visitantes que registra todos los años la Galería de la Academia de
Florencia acude, prácticamente, con el único objetivo de contemplar
esta obra que realizó Miguel Ángel cuando apenas contaba 26 años, a
partir de un bloque de mármol abandonado y al que nadie se atrevía a
enfrentarse. Poco importa que algunos estudiosos quieran encontrar
defectos a la escultura (gigantismo de la cabeza o de la mano
derecha, probablemente porque estaba destinada a ser colocada en
alto, en la catedral). El David es un icono y punto.
Con motivo de su quinto
centenario y reciente restauración dedicamos nuestro tema de portada
a esta obra de Miguel Ángel y a la influencia que, como ejemplo de
la belleza permanente, ha tenido desde entonces en la escultura de
estos últimos siglos. Tomás Llorens explica la Historia de la
gestación de la figura, Irene Hernández Velasco ofrece todos
los detalles sobre su restauración, Pedro Alonso informa de
los informes psiquiátricos que califican de “paranoico y autista” el
comportamiento del artista, José Miguel G. Cortés recorre la
evolución de la belleza masculina en el Arte y Antonio Lucas
presenta un homenaje de los escultores españoles a la obra del
artista.
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