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El
estadounidense Richard Serra visitó Bilbao por primera vez en 1983,
invitado por el Museo de Bellas Artes de la ciudad vizcaína. Los
estudiantes de un instituto le pidieron que diera una conferencia
sobre la historia de la escultura española, de González a Picasso,
de Chillida a Oteiza, y los responsables del museo le dijeron que
había mucha gente relacionada con ETA en ese instituto y que si iba,
retiraban mi escultura. Serra contestó: “No es un problema político,
soy un representante cultural y voy a hablar de escultura de la
primera parte del siglo XX, de gente que salió de pequeñas ciudades
como ésta”. Serra acudió al instituto y dio su conferencia. Al día
siguiente quitaron su pieza del museo.
Serra ha regresado a
Bilbao en muchas ocasiones desde entonces. Cuando supo que el
Guggenheim estaba buscando un sitio en España y miraban en San
Sebastián o Santander, les dijo: “Mirad en el corazón del País
Vasco, el corazón industrial”.
Hoy, mientras pasea entre sus modelos de espirales negras del que
será el mayor proyecto de su carrera, al menos el más complicado,
Richard Serra hace garabatos de las curvas que le obsesionan, o
blande inquieto fotocopias de su reciente página web contra George
W. Bush.
El Guggenheim Bilbao le ha
realizado un importante encargo: un conjunto de espirales que hagan
sombra al edificio de Frank Gehry. El presupuesto supera los 15
millones. La nueva escultura se inaugurará la próxima primavera y
Serra, incansable a los 74 años, se sube a una escalera para
comprobar cómo se verán desde lo alto sus 130 metros de espirales,
mientras conversa con “Descubrir el Arte”.
María Ramírez,
periodista, entrevista en este número al que tal vez sea el más
importante escultor vivo actual. Serra, que no se preocupa por su
legado, sino por seguir trabajando sin cesar, “ganar” las elecciones
o descubrir esa nueva curva con la que consiga inventar una forma
más, reflexiona sobre la relación de la escultura con los espacios
arquitectónicos y explica su método de trabajo.
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