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Espacios de melancolía

La National Gallery de Londres propone una sugestiva muestra de la pintura de paisajes rusa de la segunda mitad del siglo XIX, como eficaz instrumento de descripción de una naturaleza sin límites.

 

Espacios de melancolía

Hacia el año 1850, el magnate industrial ruso y mecenas de las Artes Pavel Mijailovich Tretriakov escribía a un pintor al tiempo que le hacía el encargo de un cuadro: “No tengo necesidad ni de una naturaleza lujuriante, ni de una composición admirable, ni de una luz espectacular, nada de cosas extraordinarias. Propóngame usted, si quiere, un charco lleno de barro, pero que contenga una verdad, poesía...”.

El siglo XIX ruso aparece enmarcado por dos realidades que decidieron toda la historia contemporánea de un imperio sin límites, extendido sobre dos continentes. La euforia que siguió al final del episodio napoleónico había permitido al exultante zar Alejandro I desfilar triunfante por París, en una incursión hasta Occidente que parecía abrir tan necesarios nuevos horizontes a unos espacios que no parecían mostrar el menor interés en comenzar a sacudirse oscuras modorras medievales.

La vida patriarcal parece amenazada de forma irreversible y es entonces cuando la preservación de la identidad nacional se alza al primer plano de la –tantas veces desaforada y hasta excéntrica– creatividad de los artistas.

Pero mientras la literatura en general se mantiene con los pies en el suelo de una realidad movediza, en general dura y difícil, la música y la pintura en ocasiones prefieren escapar de ella y refugiarse en supuestamente recuperados folclorismos y en expresiones visuales de viejos tiempos amenazados por la nueva era. En todo caso, el paisaje –el omnipresente paisaje– les sirve como aparentemente inagotable vehículo de expresión de una materialidad que sabe mostrarse en muchos casos de forma plácida y benéfica, mientras que en otras es agresiva y plagada de obsesiones, como corresponde a lo que se espera de los atormentados caracteres eslavos.

Este verano, la londinense National Gallery propone un deslumbrante repertorio de setenta piezas que sirven para ilustrar esta fórmula plástica de recuperación de esencias.
El historiador José María Solé presenta los detalles de la muestra y descubre las características propias de la tradición pictórica rusa, cómo a excepción de sus múltiples escuelas de producción de iconos de tema religioso, los pintores rusos de la época debieron beber en las fuentes occidentales, que superaban el recuperado clasicismo para zambullirse en un realismo capaz de alcanzar una inextinguible gama de matices.





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