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En
1966, James Turrell alquiló un antiguo hotel en Ocean Park
(California) para utilizarlo como estudio y espacio expositivo;
estableció nuevos huecos en las paredes y techos, controló la luz
abriendo y cerrando las persianas, hizo que los rótulos de neón de
las tiendas, los semáforos y los faros de los coches fueran parte de
su obra. Sin duda, la experiencia en Mendota Hotel es fundamental
para comprender la forma en la que este artista extraordinario
convierte la luz en una cosa, jugando con las sombras y obligando al
público a llegar a otra percepción.
A finales de los sesenta,
Turrell trabajó en el Art & Technology Program de la Universidad de
California, en colaboración con Los Angeles County Museum, lo que le
permitió conocer al psicólogo Edward Wortz, que había estudiado los
cambios en la percepción experimentados por astronautas en el
espacio exterior. Investigaron ciertas técnicas de privación
sensorial, situando a los sujetos en un espacio insonorizado con un
campo visual homogéneo, y también emplearon máquinas EEG para medir
las variaciones de las ondas cerebrales; estaban interesados en los
llamados “ritmos alfa”, ondas cerebrales que se liberaban
básicamente cuando el individuo estaba meditando. Por otro lado, en
un cuenco semiesférico producían un “velo de luz” uniformemente
blanco, el llamado Ganzfeld que será utilizado por Turrell en obras
en la que el campo visual es amplio y, a menudo, desorientador,
destinado a estimular la conciencia perceptual del espectador.
El IVAM de Valencia inaugura este mes de diciembre una retrospectiva
fascinante sobre la persistente indagación del artista en el enigma
de la visión. Fernando Castro Florez analiza en este número
la obra de Turrell y su capacidad para sumergir al espectador en el
placer de la inmersión en un espacio sin límites.
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