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Trípoli
es hoy una ciudad plácida, que dormita a orillas del Mediterráneo,
frente a las costas de Italia, en el norte de África. Junto al
puerto se encuentra la antigua fortificación del Castillo Rojo, que
acoge las dependencias del Museo Jamahiriya, inaudito y excepcional
por su extensión, por el valor de sus piezas y por el discreto
discurrir de su existencia, al margen de los circuitos del turismo
cultural mediterráneo. Las extraordinarias esculturas griegas
procedentes de Cirene y las romanas encontradas en Leptis Magna
asombran por su calidad y disposición en salas presididas por
fotografías murales de las ciudades de origen.
El edificio del museo, la fortaleza Al Asser Al
Hamra, ha sido durante siglos el principal referente urbano, desde
que fue sede de la Orden de San Juan, pasando por sus ampliaciones
musulmanas, hasta llegar a la dominación italiana, desde 1911 a
1943, cuando se convirtió en residencia del gobernador. En 1934 se
adaptó el palacio para mostrar los hallazgos libios que dieron lugar
al primer museo arqueológico del país. Cincuenta y cinco años más
tarde, en septiembre de 1988, se inauguró el nuevo Museo Jamahiriya,
como culminación de una década de trabajos realizados por el
Departamento Libio de Antigüedades, la UNESCO, y el ICOM (International
Council of Museums).
Toda la historia cultural y humana de Libia se
condensa en el Museo Jamahiriya de Trípoli, desde sus pobladores
prehistóricos de cazadores-pintores a la Libia actual. Enrique
Domínguez Uceta recorre en este número las salas del centro y
presenta sus colecciones.
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