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Primavera
Quizá por la exaltada y visionaria
cualidad de su pintura, quizá por el dramatismo de algunos
episodios de su vida, quizá por su vinculación con un ámbito
geográfico determinado, y quizá también por el carácter
literario de las fuentes en que se ha basado una gran parte de
la historiografía posterior sobre este pintor, la figura de
Joaquim Mir (1873-1940) ha adquirido con frecuencia un
carácter mítico. Todo ello ha hecho difícil valorar
serenamente su pintura, eclipsada por la leyenda del propio
pintor.
Para muchos, Mir ha sido la encarnación
del artista que, llevado por una desmesurada pasión por el
espectáculo de la naturaleza, es capaz de poner en riesgo no
sólo su salud –física y mental–, sino también su propia vida.
Mir es, también, el prototipo del artista que lucha contra
viento y marea –literalmente– por conseguir un reconocimiento
oficial que sólo llega, junto con la riqueza, al final de su
vida. Por último, en el contexto del regionalismo, Mir ha sido
visto como un emotivo cantor de las bellezas de Cataluña y
Baleares, de donde nunca salió, excepto para algún breve viaje
a Madrid.
Una de las obras emblemáticas de Mir es
“Primavera”. En ella, el pintor muestra el mejor momento de su
creación, en el que es capaz de encontrar matices y colores
nuevos y puros, aplicados en formas de manchas de color, como
si se tratara de un mosaico. Javier Aguado,
Director-gerente de la Fundación Santander Central Hispano,
destaca sus cualidades en este número.
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