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Aztecas, el cénit de un Imperio
Toda la fuerza y expresividad, simbólica y
naturalista a la vez, de esta gran cultura mesoamericana
prehispánica, se muestra en el Museo Guggenheim de Bilbao en la
mayor y más completa exposición que se haya organizado nunca en
nuestro país.
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“Todas
las obras de arte pertenecen a un suelo y a un momento, pero todas
ellas tienden a trascender a ese suelo y a ese momento: son de aquí
y son de allá”, escribió en una ocasión Octavio Paz. No le falta
razón al gran escritor mexicano cuando considera la vocación
universal de las obras de Arte, pero para que alcancen ese
reconocimiento de universalidad, resulta imprescindible la
concurrencia de dos premisas, las de su conocimiento y su aprecio.
Si la primera implica estudio y difusión, la segunda está
directamente relacionada con la valoración que, tanto “aquí” como
“allá,” se haga de las pautas culturales de la civilización donde
éstas surgieron.
Viene esto a cuento de la exposición “El Imperio
Azteca”, que se exhibe, desde el 15 de este mes, en el Museo
Guggenheim de Bilbao y que, con 570 piezas, supone la más completa
muestra celebrada en nuestro país sobre las manifestaciones
artísticas de aquella importante cultura mesoamericana. Una cultura
que se hallaba en su cenit cuando, en palabras de León Portilla,
tuvo lugar “el encuentro entre dos mundos”, provocado por los
sucesivos descubrimientos que siguieron al de Colón, en 1492, y a la
conquista y colonización española de gran parte de las tierras del
Nuevo Continente.
De cuanto hallaron, admiradas, las huestes castellanas de Cortés,
tras su arribo a la costa mexicana y durante su marcha hacia la
capital de los aztecas, México-Tenochtitlan, nada comparable al
esplendor de la gran urbe sobre la laguna de Texcoco. Sus palacios,
sus templos, sus pirámides, las esculturas de sus dioses, sus
jardines, sus calzadas y mercados... les maravillaron de tal manera
que, como escribió el cronista Bernal Díaz del Castillo “parecía a
las cosas de encantamiento que cuentan en el libro de Amadís...
Algunos de nuestros soldados decían que si aquello que veían era
entre sueños” e incluso algunos “que habían estado en muchas partes
del mundo y en Constantinopla y en toda Italia y Roma, dijeron que
plaza (como la de Tlatelolco), tan bien acompasada... y llena de
tanta gente, no la habían visto”.
Asunción Doménech escribe en este número
sobre el complejo universo artístico azteca, su peripecia histórica,
y la muestra que ahora desvela en el Guggenheim los secretos de una
de esta gran cultura mesoamericana.
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