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Dicen que cuando Carlos V
recibió la visita de Durero, en 1521, no mostró el más mínimo
interés por adquirir alguno de sus dibujos, aunque ya, por aquellas
fechas, el artista alemán era considerado el más grande dibujante de
la época (y el Emperador el dueño de media Europa). Felipe II, en
cambio, sí coleccionó y guardó en su biblioteca de El Escorial
grabados y estampas de Durero. Pero ya se sabe que Felipe II
coleccionaba casi de todo (sobre todo pintura, por supuesto). Así
las cosas, nada tiene de extraño que España no posea ninguno de los
casi mil dibujos conocidos de Durero. Eso sí, tenemos cinco
importantes pinturas, cuatro en El Prado (entre ellas, su mejor
Autorretrato) y otra en el Thyssen. Cierto que hay grabados y
estampas de Durero (generalmente, de donaciones de particulares),
porque en España ha habido escasa tradición de coleccionismo de
dibujos.
El Museo del Prado
inaugura en estos días una espléndida selección de dibujos y
estampas de Durero, que sale por primera vez de la Albertina de
Viena. A través de casi un centenar de obras, enmarcadas por las
cuatro pinturas del propio museo, el visitante podrá disfrutar del
mejor dibujante de todos los tiempos. Conocido ya en vida como el
nuevo Apeles, Durero se nos muestra aquí en todo su esplendor, lleno
de detalles y matices. Una exposición para ver de cerca y disfrutar,
a la que El Prado ha querido dedicar un espacio privilegiado.
Juan Luis González
presenta en este número los detalles de la exposición, sus piezas
más significativas, y desgrana las diversas etapas artísticas de
Durero, desde sus años de formación en su Nüremberg natal y su
descubrimiento del Renacimiento italiano, hasta sus últimos años de
vida, consagrados al estudio teórico. En un segundo artículo,
Concha Huidobro rastrea la huella de Durero en las colecciones
españolas.
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