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La
guerra televisada ya no es una sorpresa: la vemos de manera más
aséptica, acaso más cínica, nunca distanciados del horror, pero sí
conscientes de que el horror es sometido a un proceso de selección y
puesta en escena, de que los ojos de los medios de comunicación
nunca pueden ser inocentes. Las noticias de la invasión de Irak
dejaron a Uslé, como a casi todo el mundo, trastornado e impotente.
Las vio haciendo fotografías como un poseso, de rodillas en un cojín
delante de la televisión para no incluir el marco del aparato, y
actuando, paradójicamente, como un francotirador.
Su aparato de televisión
era grande y tenía más años que Matusalén, lo cual sin duda
influiría en las imágenes producidas, con sus peculiares
aberraciones tecnológicas, su propia y particular realidad, su
propia versión frenética de la verdad. A su lado, en el suelo, tenía
gran cantidad de carretes de fotos que muchas veces utilizaba para
cosas que no tenían nada que ver con su finalidad específica. Por
poner un ejemplo, lo mismo usaba con luz una película para hacer
fotografía nocturna. Uslé permaneció pegado a esta guerra televisiva
hora tras hora, viéndola en los boletines informativos y en las
largas transmisiones en directo.
Hubo, desde luego,
extraños resultados, dadas la metodología y las circunstancias, y
Uslé se puso a seleccionar las que tenían algo agridulce. Siguió el
avance de las tropas, pero dejó de hacer esta serie de fotos cuando
los soldados norteamericanos llegaron a Irak. En este sentido, estas
fotos son una emoción concentrada. No hay imágenes triunfantes, ni
emblemáticas de victoria, ni ninguna de esas conocidas imágenes
periodísticas. Se sintió abrumado por la exhibición visual de
aquella asesina eficacia tecnológica. Kevin Power analiza en
este número la última obra de Juan Uslé y Victoria Civera y relata
la gestación de un proyecto que denuncia la manipulación informativa
de la televisión y reflexiona sobre las nuevas tecnologías.
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