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Ignacio
Pinazo es uno de los primeros nombres que araña la memoria cuando se
aborda un panorama de la pintura valenciana entre los siglos XIX y
XX, junto a los de Francesc Domingo, Cecilio Pla y Joaquín Sorolla,
sobre todo este último. Sin embargo, una peligrosa tendencia a
simplificar suele hacer que se les entienda a todos
–equivocadamente, claro– como miembros de una supuesta escuela
levantina, luminosa y luminista, que habría dado forma artística no
sólo a un tipo de Arte sino también a un modo de ser y sentir cuyos
escenarios predilectos serían la playa y la huerta.
Nada más lejos de la
realidad en el caso de Pinazo (Valencia, 1849-Godella, 1916), quien
incluso se posicionó como antisorollista y que decidió permanecer al
margen y en contra de una moda por la pintura levantina que dirigió
gran parte del gusto artístico español durante esas décadas del
cambio de siglo.
La verdadera dimensión de
Pinazo en esa historia continúa siendo discutida y, de hecho, sólo
en décadas recientes se ha iniciado una revisión seria y alejada de
tópicos, desde la monografía que le dedicara Aguilera Cerni en 1982,
y las exposiciones del Ministerio de Cultura (1981) y la Fundación
Bancaja (2001), todas ellas necesariamente deudoras de la biografía
de Constantí Llombart (1883) y de la autobiografía que escribiera el
pintor en 1906, tan lúcida como enmarañada, por otra parte.
Una exposición revisa
ahora en Madrid las etapas artísticas de teste pintor controvertido.
Con motivo de la muestra, Javier Pérez Segura revisa en este
número la vida de uno de los grandes nombres del Arte español.
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