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“En
el corto espacio de diez años, los madrileños nos hemos mamado, así
de sopetón, más novedades que un neoyorquino en toda su existencia”.
Con esas palabras, Borja Casani y José Tono Martínez presentaban, en
noviembre de 1983, el número 1 de la revista La Luna, que se
convirtió en bandera de una generación. La portada era de Ouka Lele,
se entrevistaba a Guillermo Pérez Villalta, se presentaba a Patty
Diphusa, el personaje de Pedro Almodóvar, nacía el cómic en el que
Rodrigo conocía a Manuel y la nómina de colaboradores parecía el
listín telefónico de lo que se dio en llamar la movida madrileña:
Santiago Auserón, Alberto García Álix, Eduardo Haro Ibars, El
Hortelano, Mariscal, Vicente Molina Foix, Marta Moriarty, Paz Muro,
Pablo Pérez Mínguez, Jesús del Pozo, Ramoncín, Kiko Veneno y Luis
Antonio de Villena, por citar algunos. Cineastas, músicos,
diseñadores, escritores, críticos, pintores, arquitectos,
ilustradores, fotógrafos y un largo etcétera participaban en un
fenómeno inédito en la cultura española. Más inédito aún era que la
sociedad devoraba sus productos, copiaba su estilo y los tomaba por
los héroes del momento.
El pistoletazo de salida
lo había dado Juan Antonio Aguirre, definido por el académico
Antonio Bonet como “filósofo y pintor”. Como director de Amadís,
Aguirre fue desde mediados de los setenta el principal apoyo del
nuevo movimiento pictórico.
Arturo Arnalte
entrevista a los protagonistas de aquel movimiento que convirtió al
Arte en una fiesta, clausurando el concepto de creación plástica
como actividad introspectiva, reflexiva y trágica.
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