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Resulta
difícil encontrar un acontecimiento puntual que haya supuesto tanto
para la vanguardia como el Salón de Otoño parisino de 1905, cuando
el fauvismo hizo su ruidosa presentación.
Si existió como grupo con
un ideario común, algo de lo que se sigue dudando con razón, su
existencia fue efímera, apenas un par de años antes de que se
diluyera en múltiples estelas individuales, por mucho que se
empeñaran en decir lo contrario los apologetas de la vanguardia,
quienes sobre ese breve paréntesis temporal se encargarían de
construir toda una mitología, destinada a estimular movimientos más
coherentes y duraderos, éstos sí, como el expresionismo o el
cubismo.
La sala VII, la del
escándalo, reunía óleos de Matisse, Derain, Vlaminck, Manguin y
Camoin, cuyo eco se repetía en otras partes del Salón, en obras de
Puy, Valtat, Friesz, Van Dongen, Marquet, Rouault, Kandinsky y
Jawlensky. Aunque la nueva propuesta artística tuvo también sus
admiradores –entre ellos, André Gide– fueron los ataques verbales
los que acabarían por bruñir esos perfiles heroicos y casi
subversivos con los que conocemos hoy dicho episodio. El más
conocido fue el del crítico del Gil Blas, Louis Vauxcelles, quien
sin darse cuenta estaba encumbrando a aquellos de los que pretendía
burlarse: “Sala archiclara, de los atrevidos, de los exagerados (…).
En el centro de la sala, un torso de niño y un pequeño busto de
mármol de Albert Marque, que modela con una ciencia delicada. El
color de este busto sorprende en medio de la orgía de los tonos
puros. Donatello entre las Fieras (…)”.
Fue un error –hoy es fácil
afirmarlo, claro– pensar en la más mínima continuidad colectiva de
esas fieras (fauves). Javier Pérez Segura explica en este
número las lógicas diferencias personales entre los diversos
autores, cuyas pinturas estuvieron muy influidas por el Arte de
ciertas exposiciones que vieron en París durante los años
inmediatamente anteriores a 1905.
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