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El Palacio del Naranco
En una época en la que muchos
arquitectos, queriendo ser escultores o ingenieros, han
olvidado las claves de su arte, las excelencias del Palacio de
Naranco nos hacen recordar las esencias de la buena y eterna
arquitectura. ¿De qué sirven los alardes ingenieriles, en
muchas ocasiones, incluso sólo aparentes, o la fanfarria
desbordante de lo ornamental (a veces oculta bajo un relamido
aspecto de sobriedad), si el hombre no desarrolla en estos
engendros su actividad a plena satisfacción?
Resulta increíble que figuren
determinados monumentos actuales en la nómina de las obras
maestras de la arquitectura. Ciertamente podrán ser
considerados iconos urbanos, si se me permite el exceso,
aunque a veces no merecerían otro calificativo que simple
amueblamiento de la ciudad.
“Si alguien quisiera encontrar un
edificio similar, no lo hallará en toda España”, escribía ya
sobre el Palacio de Naranco un cronista del siglo IX. El
conjunto palatino de Ramiro I es un modelo arquitectónico que
combina técnica y estética. Isidro G. Bango Torviso,
catedrático de Historia del Arte de la Universidad Autónoma de
Madrid destaca en este número las cualidades de esta obra de
arte irrepetible.
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