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Todas
las reseñas conmemorativas coinciden en que trazó los mapas de la
ciencia ficción y circunnavegó el futuro. Que fue el apóstol
literario de la revolución industrial y que, guarecido tras esa
poblada barba que le confería un perfil humanista y filantrópico,
iluminó la selva de la ignorancia decimonónica a bordo de artefactos
infernales.
Pero Julio Verne (Nantes,
1828-Amiens, 1905) testó algo más que su prolífico corpus literario
lleno de viajes, profecías y monstruos. Construyó un imaginario que
ha trascendido su obra y que ha inspirado diversas disciplinas
artísticas, desde el cómic al cine, tal vez soslayando el factor
escénico del teatro, su género menos tratado. Su fantasiosa creación
discurre paralela a un universo ilustrado –en pura simbiosis entre
lo sugerido por la narración y lo evidenciado por el dibujo–, para
formar un río de tramas visuales que se ha sedimentado in eternum en
eso que llaman con desprecio “literatura popular”.
Gran parte de culpa la
tuvo su editor vitalicio, Pierre Jules Hetzel, quien se rodeó de
algunos de los mejores dibujantes de la época para que plasmaran los
delirios de futuro de aquel escritor analítico y estajanovista.
Javier Caballero
recuerda en este número la indisoluble relación de arte y literatura
en el escritor francés, desde que aparecieran los primeras entregas
de sus novelas en la revista Magazine d’Éducation et Récréation;
cómo toda aquella colección denominada “Viajes extraordinarios” se
hizo acompañar por el equipaje visual de dieciséis ilustradores y
cómo el propio Verne se encargó de supervisar las estampas,
rechazando con desagrado más de una, cuando consideraba que no se
ajustaba a lo sugerido por su prosa.
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