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Reciente
Premio Canarias de Bellas Artes, muy cercana la inauguración de un
espacio cultural que lleva su nombre en la ciudad tinerfeña de La
Laguna, de la que el pintor evoca sus caserones coloniales, los
paseos y los sueños allí devorados, y próxima también –este mes de
mayo– una exposición en el IVAM, que coincide con la donación al
centro valenciano de un conjunto de piezas de sus últimos años,
Cristino de Vera (Santa Cruz de Tenerife, 1931) atraviesa un momento
dulce en todos los sentidos. Porque ha llegado la hora de recoger
los frutos y los reconocimientos a una trayectoria larga y coherente
y porque la armonía y la serenidad, desde siempre buscadas, se
intuyen en lo que él denomina el final del camino.
Es difícil atrapar la
personalidad de este hombre alargado, enjuto, ataviado con un jersey
negro en el que se observan las manchas del oficio –Cristino de Vera
siempre va de negro–, capaz de recordar con pasmosa claridad
episodios de su infancia en Canarias, con el buen arte de los
conversadores de larga distancia, de ésos que cuando charlan van
dejando abiertos distintos ramales del camino a los que regresan una
y otra vez, siguiendo el discurrir del pensamiento, el devenir de
los recuerdos, la pausa que imponen las reflexiones.
Emma Rodríguez
entrevista en este número uno de los artistas españoles más
destacados del momento. De Vera habla de sus raíces canarias y
reflexiona sobre sus autores favoritos “Siempre me han fascinado los
suicidas. Ahí están Rothko, Celan, Van Gogh. Todos ellos tuvieron
el valor de decidir cuándo querían marcharse”.
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