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“Hay espíritus prisioneros
del triste amor hacia lo feo. / Tú fuiste uno de ellos, pintor de
rudo pincel / a quien Nápoles dio el nombre de Españoleto. / Nada
pudo dulcificar tu salvaje aspereza, / y el espléndido azul del
cielo italiano / no ha dejado ninguna huella en tu pintura feroz”.
(T. Gautier).
En 1837, Théophile Gautier
y los primeros visitantes del Museo Español de Luis Felipe
descubrieron, colgado en una de las salas del Louvre, un cuadro de
Luca Giordano que entonces se atribuía a Giuseppe Ribera, en el que
se veía a Catón de Útica desgarrando con las manos su propio pecho
para arrancarse las entrañas, se sintieron sacudidos por un profundo
estremecimiento. Quizá nunca hubieran tenido ante sus ojos aquellos
hombres una imagen en la que el horror se mostrase de una manera tan
cruel: resultaba difícil imaginar que alguien pudiera elegir
libremente una forma más terrible para quitarse la vida. Es cierto
que casi todos ellos habrían visto alguna vez representado el
sufrimiento de los primeros mártires del cristianismo en los altares
de las iglesias, y, aunque no hubiera sido así, se lo habrían
mostrado los cuadros de Zurbarán que colgaban junto a él en el Museo
del Louvre.
Pero en el caso de Catón
la imagen era aún más atroz, pues era la de un horror sin
paliativos: el viejo suicida romano ni siquiera podría esperar, a
diferencia de quienes sufrieron el martirio por Cristo, que la
recompensa de una vida eterna sirviera como lenitivo a su último y
espantoso sufrimiento en la tierra.
Sin embargo, aquel
estremecimiento tuvo también algo de delicioso: era una prueba más
de que esa imagen romántica de España que se habían forjado en sus
cabezas era cierta. fue con los ojos de Zurbarán y Ribera con los
que supieron de ese fanatismo religioso que inflamaba a sus santos y
anacoretas, haciéndoles soportar impertérritos los mayores
sufrimientos y privaciones por amor a su Dios.
Una exposición estudia
ahora en Salamanca la influencia que ejerció Caravaggio en los
primeros trabajos del Españoleto. Miguel Morán Turina cuenta
en este número la relación entre ambos y las características de la
pintura del segundo, una de las grandes figuras artísticas del siglo
XVII.
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