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Hace escasas semanas Roger Federer y André
Agassi peloteaban a 211 metros de altura, en el helipuerto,
convertido en pista de tenis, del llamado mejor hotel del mundo, el
Burj Al Arab de Dubai. Quienes así lo definen lo hacen dejándose
guiar por números siempre excesivos, desde las 7 estrellas de su
categoría hasta los más de 60.000 euros que cuesta pasar la noche en
la habitación más cara. Unos números que están a punto de quedarse
cortos ante los próximos resorts –establecimientos hoteleros y de
ocio– que se avecinan.
El concepto de hotel ha
demostrado estar en constante evolución en las últimas décadas. Ha
dejado de ser ese lugar extraño y ajeno cuyo objetivo era que el
cliente se sintiera como en casa. Ahora se rehuye esa identidad y se
explota la diferencia: el cliente no se debe sentir como en casa,
sino mucho mejor. O, al menos, la experiencia debe ser bien
distinta. Arquitectos y diseñadores han hecho posible esa radical
transformación. Amparo Roig presenta en este número los
últimos y más bellos complejos construidos.
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