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Collioure es una reconocida villa costera
cercana a la frontera francesa, en la llamada Cataluña norte.
Reconocida por la belleza de sus parajes; pero también por albergar
en su lóbrego cementerio los restos de Antonio Machado; y por los
tristemente célebres nombres de sus playas, reconvertidas en 1939 en
campos de concentración donde se hacinaría la España republicana en
exilio forzado.
Pero en 1905, era el sur
del norte, o el norte de ese sur que constituía una España de
pandereta en el exótico imaginario francés. Y en el verano de ese
año nacería, precisamente allí, el fauvismo, un movimiento artístico
desarrollado por dos ilustres visitantes: Henri Matisse (1869-1954)
y André Derain (1880-1954).
No lejos de allí, a ambos
lados de la frontera, darían a luz, poco después, dos movimientos
artísticos más en sus fases principales: el cubismo –Gòsol, Horta de
Sant Joan, Ceret y Cadaqués-, y el novecentismo mediterraneísta
–Barcelona, Sitges y el mismo Collioure–. En resumen, tres
movimientos idealistas en los que la teoría era complementaria o
simplemente anecdótica, opuestos a los tan literarios realismo y
simbolismo precedentes.
Ahora, cuando se cumplen
cien años de aquel amistoso encuentro entre Matisse y Derain, y del
nacimiento del fauvismo, el Museo de Ceret, cercano a Collioure, ha
reunido otra vez a los dos artistas, en una exposición que
reconstruye su labor de aquel verano de hace un siglo y que bien
merece una escapada para admirarla. Ricard Mas rememora en
este número la historia de aquel encuentro y anuncia los pormenores
de la retrospectiva.
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