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El trompe l’oeil, ilusión y engaño
Entre los Alpes y el Ródano, un
soberbio monasterio gótico alberga este verano toda la
fascinación de las piezas que los artistas diseñaron como
inteligente desafío a los sentidos del espectador.
En
el año 1506, la joven Margarita de Austria, hija del emperador
Maximiliano y de María de Borgoña, decidió edificar un
monasterio donde emplazar la tumba de su difunto esposo,
Filiberto el Hermoso, duque de Saboya. Había quedado viuda por
segunda vez a temprana edad; su primer marido había sido aquel
desgraciado heredero de los Reyes Católicos, Juan, el príncipe
que murió de amor. Más tarde, Margarita sería tutora de su
sobrino, el futuro emperador Carlos, y actuaría como eficaz
gobernadora de los siempre levantiscos Países Bajos.
A lo largo de veintiséis años, se fue edificando la que es hoy
una verdadera joya del Gótico flamígero, el Real Monasterio de
Brou, en la localidad de Bourg-en-Bresse, entre el Ródano y
los Alpes, a medio camino entre Lyon y Ginebra.
Cuenta con un espléndido museo de arte francés, flamenco e
italiano y sus espacios de exposiciones temporales acogen
durante este verano una muestra en verdad atrayente. Le trompe-l’oeil:
plus vrai que nature? reúne en deslumbrante amalgama hasta
ochenta piezas –cuadros, muebles y objetos varios– que
recorren todas las posibilidades de esta fórmula de expresión,
incluidas las arquitectónicas, desde el siglo, pero sobre todo
del XVII y XVIII.
Original, sorprendente y nimbado de fascinante misterio, el
ámbito del engaño de la vista adquiere aquí soberbia
categoría. José María Solé explica en este número los
diferentes apartados de la muestra y la historia de una
técnica que despierta verdadera admiración desde la
Antigüedad, cuando Zeuxis y Parrasio entablaron una pugna por
lograr la reproducción más fidedigna posible de las cosas
reales.
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