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De
las antiguas Maravillas del Mundo todos esperamos escuchar o leer
precisamente eso, maravillas, leyendas, grandezas y riquezas
increíbles, descripciones de arquitecturas o esculturas casi
imposibles, constructivamente inverosímiles y de formas insólitas,
con frecuencia megalómanas. Su capacidad de seducción y asombro han
sido tales que han perdurado y perforado los tiempos hasta
convertirse casi en arquetipos de la memoria visual y cultural de
los grandes afanes de la humanidad, en símbolos de sus creencias y
convicciones, en metáforas de sus ideas políticas y religiosas, de
sus concepciones del mundo, de las relaciones entre arquitectura y
poder, de los vínculos de ida y vuelta entre la vida y la muerte,
entre la memoria y el olvido. Las Maravillas del Mundo han tejido
una tela de araña imaginaria, mítica y simbólica que aún parece
permanecer sobrepuesta, entre el cielo y la tierra, sobre nuestras
antiguas y modernas cartografías, aéreas o terrestres.
Ese frágil y casi
transparente mapa ha tenido y tiene, sin embargo, unos hilos que se
resisten al olvido, tienen la fortaleza de la memoria, diseñados de
tal manera que sostienen en su trama imaginaria y desde la
Antigüedad grecorromana edificios que ya no existen, con alguna
excepción, y que incluso ya no existían cuando se fijó el canon
simbólico de las Siete Maravillas del Mundo.
Tal y como prometimos,
buena parte de las páginas de este número está dedicada a las Siete
Maravillas Contemporáneas. La lista ha sido elaborada por un equipo
de críticos y profesores de arte: Delfín Rodríguez, Kosme
de Barañano, Fernando Castro, Estrella de Diego,
Kevin Power, Ricard Mas, Carlos Jiménez y
José Guirao. El resultado final puede resultar discutible y
hasta polémico. Sobre un total de siete obras, nada menos que cinco
están en Estados Unidos (dos en Nueva York). Tan sólo la Opera House
de Sydney y el Viaducto de Millau, en Francia, escapan a esta
apabullante hegemonía norteamericana. Naturalmente, se puede o no
estar de acuerdo con la selección pero, curiosamente, y en esto
coinciden con la selección de las Siete Maravillas de la Antigüedad
de nuestro número anterior, todas son obras arquitectónicas. La
polémica está servida.
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