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Hace
ya más de medio siglo que existe consenso entre los investigadores
en reconocer que el área mesoamericana constituyó durante la etapa
prehispánica una esfera de cotradición, en la que las culturas que
se afincaron en ella compartieron, en medida dispar y no a lo largo
de toda su evolución histórica, estructuras, comportamientos y
sistemas de pensamiento. Una historia muy dilatada, en la que se
produjo una intensa interacción entre los diferentes grupos sociales
que ocupaban la región, explica el desarrollo de Mesoamérica como un
área de tradición cultural común.
De manera paralela a estos
valores, prácticas e instituciones compartidas, los grupos
mesoamericanos de la etapa prehispánica mantuvieron, por otra parte,
su propia idiosincrasia en lengua, estructura política, religión y
otras prácticas culturales.
El pueblo maya es uno de
los protagonistas de este área, que mantuvo un vigoroso desarrollo
con una personalidad propia.
La pertenencia a un
proyecto civilizador común comenzó a diseñarse en el período
Preclásico iniciado en Mesoamérica a partir del segundo milenio
antes de Cristo, y aproximadamente en torno al 1000 a.C. en la
región maya, un área que ocupó el tercio sureste de Mesoamérica y
cubrió una extensión superior a los 300.000 km2.
En esta etapa, las
diferentes culturas que conforman esta área de tradición común
diseñaron un modelo de alta cultura que, por encima de otros
paralelismos posibles, terminaron utilizando todas y cada una de las
culturas que participaron de la civilización mesoamericana.
Una exposición muestra
ahora en Los Ángeles una gran retrospectiva sobre el mundo de los
mayas, que muestra el refinamiento de sus clases gobernantes y el
alto grado de perfección artística de esta cultura precolombina.
María Josefa Iglesias Ponde de León explica en este número el
desarrollo de la sociedad azteca y su arte y los detalles de la
exposición.
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