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En estos tiempos de quijotes versionados y
adaptados a todo tipo de géneros y disciplinas, no será lo más
excéntrico imaginarse a Eileen Gray con armadura y lanza
enfrentándose a los gigantes. Podría ser una buena imagen para
ilustrar la peripecia vital y profesional de esta, primero artista,
en solitario, luego diseñadora, en solitario y, finalmente,
arquitecta, también en solitario. Todo lo acometió sin el apoyo de
redes u organismos y, sobre todo, sin la figura cercana de algún
santo varón-mentor que la dirigiera en sus decisiones, como es el
caso de otras pioneras del diseño y la arquitectura. Basten los
ejemplos de Charlotte Perriand con Le Corbusier y posteriormente
Jean Prouvé, Anni Albers con su marido, Josef Albers, y Lilly Reich
con Mies van der Rohe. Le bastó el apoyo de algunos amigos y
espontáneos que, como hiciera el arquitecto holandés J. P. Oud en
una postal enviada tras ver su Bedroom Boudoir en el Salon des
Artistas Decorateurs, valoraron y admiraron su trabajo. Una
exposición en Londres examina ahora la obra y la figura de Gray. Por
Leila Crewn.
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