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Bajo el amplísimo paraguas
conceptual de Nuevos Realismos, los historiadores han ido cobijando
durante décadas todo un conjunto de afirmaciones que parecían tan
sólidas y eternas como la apariencia de los objetos y cuerpos
humanos que pueblan esos cuadros y esculturas, pero que no lo son en
absoluto. En realidad, parecía más que evidente que, tarde o
temprano, a todos les surgirían las dudas y la necesidad de
replantear en términos globales, por fin, ese fenómeno de la nueva
figuración de los años veinte y treinta.
Los nuevos realismos no
nacen, como suele afirmarse, tras la devastación de lo cotidiano
–por supuesto, también de los cuerpos, reducidos a despojos
sanguinolentos– que supuso la Primera Guerra Mundial. Por el
contrario, era una tendencia muy presente desde el siglo XIX,
incluso ya desde el Romanticismo, más el alemán que el francés, lo
que resulta evidente al comparar obras de Runge o Friedrich con las
de algunos de sus compatriotas del período de entreguerras, como
Heise, Dix, Schlichter o Scholz. Y es que, tanto unos como otros,
habían tenido la mirada puesta en similares referencias, en especial
los primitivos alemanes y su posterior modernización con Cranach,
Holbein o Durero. En Italia o en Francia sucedió algo parecido;
siempre habían existido artistas tradicionales, y también modernos
(términos que no son incompatibles del todo), que habían trabajado
en los registros de la figuración, que en el tiempo del presente
sólo podía ser considerada nueva figuración. La revalorización de
Giotto, Piero della Francesca o Rafael en la Italia de comienzos del
siglo XX o la de Poussin y De la Tour (incluso Chardin, en las
naturalezas muertas que hará Derain desde la década de 1910) en
Francia no fueron tan bruscas o sorprendentes como nos hizo pensar
una historia del arte rendida ante el hechizo de la vanguardia como
suprema aventura, como revolución necesaria y casi redentora.
Una exposición en el Museo
Thyssen subraya ahora las innovaciones de aquellos “nuevos
realistas”, su compromiso social y su interacción con las corrientes
contemporáneas. Con motivo de la muestra (que ha conseguido reunir
cerca de 150 obras, en su mayoría cuadros pero también esculturas y
fotomontajes), Javier Pérez Segura analiza los orígenes y
características de un movimiento que naufragó tras la Segunda Guerra
Mundial.
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