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Al
salir de la Edad Media, del magnífico conjunto de templos, obras
artísticas y tesoros del Capitolio, que los autores de la Antigüedad
tardía describían con verdadero pasmo, tan sólo quedaba una
escultura –un león atacando a un caballo– y los restos de unos
edificios muy remodelados, alrededor de una gran plaza que más
parecía un descampado. El antiguo Tabularium o archivo del Estado
romano, convenientemente reformado, se transformó en el Palazzo
Senatorio o residencia del Senador, quien presidía la autoridad
municipal de Roma. En un lado de la plaza se edificó el Palacio de
los Conservadores (por los representantes de los estamentos romanos
en la municipalidad). En los siglos XIV y XV, a la par que crecía el
espíritu secular de las autoridades romanas en oposición a la
omnipresencia del poder papal, tuvo lugar el nacimiento de los
primeros trabajos que eruditos y anticuarios realizaban para
recuperar la conciencia histórica de la Urbs, convertida ahora en la
Ciudad Santa. Por entonces, la búsqueda de la huella de un
prestigioso pasado se convirtió en un verdadero oficio: en los
contratos de obras se contemplaba la reutilización de los restos
hallados en el solar a edificar, y no sólo como materiales de
construcción, sino también como elementos decorativos a incorporar
al nuevo edificio.
Paralelamente, estos restos servían también para
iniciar los primeros estudios epigráficos, de monedas y medallas o
de topografía histórica de la ciudad de Roma, estudios que forman el
embrión de la Arqueología clásica y de las colecciones
histórico-artísticas. Cuando Sixto IV donó al Capitolio una serie de
obras maestras antiguas que se conservaban en el palacio de Letrán,
en 1471, su intención no era sólo contrarrestar el avance del poder
secular en la ciudad, sino también encabezar este proceso de
recuperación de la memoria histórica e intentar mantener la primacía
o, al menos, el control eclesiástico sobre estos trabajos. Para
ello, como expone en una larga y cuidada inscripción a la entrada
del Palacio de los Conservadores, la donación papal ob inmensam
benignitatem se hacía en concepto de “devolución al pueblo de Roma
de las insignes obras que constituían un testimonio de la antigua
grandeza del pueblo que las había creado”. La selección de estas
obras, todas ellas de bronce, habla por sí sola de la importancia
que Sixto IV dio a este gesto de fuerte carga simbólica: la Loba
Capitolina, la cabeza monumental de Constantino con su mano y el
globo con un pináculo, el Espinario y el Camillus, escultura de
cuerpo entero de un joven asistente a las ceremonias religiosas
paganas. Jacobo Storch de Gracia recorre en este número las
instalaciones del centro romano y presenta sus piezas más
significativas.
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