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Inmaculada Concepción
Al abrigo de las piedras centenarias y
sabias del casco histórico de Salamanca y resguardada por la
belleza plateresca del Palacio de Monterrey, la iglesia del
Convento de las Agustinas Recoletas, ejemplo de la contundente
arquitectura italiana del Renacimiento, reserva para el
visitante uno de los principales tesoros que resguarda con
celo esta ciudad eterna: La Inmaculada Concepción que en 1635
pintó José de Ribera por encargo del entonces virrey de
Nápoles, don Manuel de Zúñiga y Fonseca, el mismo mecenas que
permitió levantar este convento e iglesia en el centro de la
ciudad tras arrasar nueve años antes la riada de San
Policarpio, su primer y modesto asentamiento en los dominios
del Tormes.
La obra le fue encargada a Ribera para
el retablo mayor de esta iglesia de cruz latina, lo que
explica sus amplias dimensiones, superando el lienzo los cinco
metros de alto y ampliamente los tres de ancho. Julián
Lanzarote, alcalde de Salamanca, escribe en este número sobre
una de las obras maestras de El Españoleto, como llamaban en
Nápoles al pintor de Xátiva por su modesta estatura, en la que
el autor refleja su influjo veneciano, rompiendo con la
severidad que hasta entonces era tradicional y propia de las
Inmaculadas españolas.
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