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De Juan van der Hamen y
León decía Francisco Pacheco, el suegro y maestro de Velázquez, que
pintaba extremadamente bien las frutas, flores y dulces en sus
bodegones. Tan bien las representaba que, muy a su pesar, fue esta
actividad la que le dio fama y no los retratos y otras obras en las
que se esforzaba más. Casi cuatrocientos años después, al hablar de
Van der Hamen, siguen siendo los protagonistas esos bodegones de los
que tanto renegaba, como si el tiempo hubiera sellado para siempre
ese tópico que tanto molestaba al pintor.
Los reparos de Van der
Hamen hacia unos cuadros que le proporcionaban éxito y dinero nos
puede parecer hoy una paradoja. Pero para los críticos del siglo
XVII la pintura de bodegones y floreros era considerada secundaria
respecto a géneros más “nobles”, como el retrato y las escenas
religiosas. Por eso, los especialistas eran valorados según su
habilidad para imitar el natural, pero eran menospreciados porque en
sus cuadros representaban cosas sin importancia y sencillas. Sin
embargo, los clientes demandaban este tipo de obras precisamente por
su aspecto amable y decorativo, al margen de alegorías o contenidos
profundos. Por ello, un artista diestro podía vivir holgadamente de
este trabajo, aunque su prestigio fuera algo menor.
Repasando brevemente la
biografía del pintor, se comprende que le molestara sentirse
encasillado, ya que sus orígenes, su círculo de amistades y su obra
nos presentan a un hombre culto y ambicioso. Una muestra en Palacio
Real de Madrid revalida hoy el prestigio de Van der Hamen en la
Corte del siglo XVII, donde “reinaba” Velázquez. Angel Aterido
recuerda en este número la vida del pintor, apenas tres años mayor
que el fulgurante Diego Velázquez, y presenta los paralelismos y las
aplastantes diferencias con el genio sevillano. |