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Coleccionar arte ha sido,
desde siempre, símbolo de prestigio y poder. Y, por supuesto,
sinónimo de riqueza. Lo fue ya en la Antigüedad y lo es hoy. Las
motivaciones, sin embargo, no siempre han sido las mismas. Por
ejemplo, la pasión por el arte griego de un emperador como Adriano,
uno de los primeros coleccionistas de la historia, obedecía al puro
placer estético. Un mecenas renacentista como Cosme de Médicis, en
cambio, sí podía hacerlo –y lo hacía– por prestigio.
Se podrían citar otros
casos igualmente curiosos que demuestran que algunos coleccionistas
o mecenas han pasado a la historia más por promover o coleccionar
obras de arte que por cualquier otro motivo. Un caso paradigmático
es, por ejemplo, el papa Julio II, que sería apenas un nombre más en
la larga lista de pontífices del convulso siglo XVI si no fuese
porque su figura está unida para siempre a la de Miguel Ángel y a
las pinturas del techo de la Capilla Sixtina. Ejemplos como éste se
podrían citar hasta el infinito.
Es decir, el coleccionismo
de arte da prestigio y fama tanto al coleccionista como al mecenas.
Gracias a estos estímulos –prestigio y fama– es posible reconstruir
hoy la historia de la pintura o de la escultura, por ejemplo. Los
grandes museos históricos europeos no existirían como tales si
reyes, papas y nobles no hubiesen sentido este impulso. Los grandes
tesoros del Museo del Prado, por ejemplo, son el resultado de la
pasión coleccionista de nuestros reyes a lo largo de los siglos XVI
a XVIII. Las “riquezas” o “vacíos” en las colecciones del Prado (la
abundante pintura veneciana, por ejemplo, y la escasa pintura
holandesa) son la mejor muestra de los gustos artísticos de nuestros
Austrias. Para desgracia nuestra, por ejemplo, las grandes familias
españolas, en cambio, no se distinguieron precisamente por su pasión
coleccionista. Hubo que esperar al siglo XIX y, por supuesto, al XX,
para que aparecieran los primeros coleccionistas privados o
institucionales.
En este número que abre el
año 2006 y nos sitúa en vísperas de ARCO, la gran cita española de
los coleccionistas actuales, hemos querido trazar la historia del
coleccionismo de arte, desde la Antigüedad hasta nuestros días.
Organizado cronológicamente, este recorrido permite reconstruir los
gustos de cada época e, incluso, la desmesura de algunos famosos
coleccionistas. Jacobo Storch de Gracia explica cómo la
afición a los objetos llenos de belleza es una pasión antiquísima y
cuenta la afición coleccionista de los grandes magnates y
emperadores romanos. Joaquín Yarza relata cómo los reyes,
nobles, obispos y las órdenes religiosas fueron los grandes
coleccionistas de arte durante los largos siglos medievales. José
Álvarez Lopera informa de cómo el coleccionismo de arte en la
época moderna nace en la Italia renacentista y de la labor de
familias como los Médicis, los Pazzi o los Gonzaga, que marcaron el
camino a futuros coleccionistas, como Cristina de Suecia, el
cardenal Mazarino o nuestro Felipe IV. Francesc Fontbona
detalla cómo los grandes burgueses relevaron a la monarquía a lo
largo del siglo XIX como mecenas de las artes, pero sin imitar sus
gustos, y escribe un perfil de Archer M. Huntington, cuya pasión por
España le llevó a fundar en Nueva York la Hispanic Society of
America. Fernando Castro Flórez desvela los nombres de los
grandes coleccionistas del siglo XX, entre ellos, Charles Saatchi,
quien alardea de poseer la mejor colección de arte británico de fin
de siglo. Finalmente, Kosme de Barañano desgrana las
colecciones formadas por los artistas más importantes del siglo XX,
con Paul Gauguin a la cabeza, que buscaron en las estampas
orientales y en las esculturas africanas que aderezaron sus estudios
una valiosa e inagotable fuente de inspiración para sus obras. |