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Coleccionistas. De Grecia al Siglo XXI

De Grecia al siglo XXI, la pasión por coleccionar obras de arte se ha convertido en una auténtica obsesión. La roma imperial, la Europa Medieval y del Renacimiento, los gabinetes de curiosidades del siglo XVIII, las suntuosas mansiones burguesas del siglo XIX, las infranqueables viviendas de los grandes mecenas del siglo xx y los modestos talleres de los artistas que revolucionaron la historia del arte hace ahora un siglo son algunos de los escenarios que visitamos en vísperas de ARCO, una de las citas imprescindibles para los coleccionistas que han tomado el testigo.

 

Coleccionistas. De Grecia al Siglo XXI

Coleccionar arte ha sido, desde siempre, símbolo de prestigio y poder. Y, por supuesto, sinónimo de riqueza. Lo fue ya en la Antigüedad y lo es hoy. Las motivaciones, sin embargo, no siempre han sido las mismas. Por ejemplo, la pasión por el arte griego de un emperador como Adriano, uno de los primeros coleccionistas de la historia, obedecía al puro placer estético. Un mecenas renacentista como Cosme de Médicis, en cambio, sí podía hacerlo –y lo hacía– por prestigio.

Se podrían citar otros casos igualmente curiosos que demuestran que algunos coleccionistas o mecenas han pasado a la historia más por promover o coleccionar obras de arte que por cualquier otro motivo. Un caso paradigmático es, por ejemplo, el papa Julio II, que sería apenas un nombre más en la larga lista de pontífices del convulso siglo XVI si no fuese porque su figura está unida para siempre a la de Miguel Ángel y a las pinturas del techo de la Capilla Sixtina. Ejemplos como éste se podrían citar hasta el infinito.

Es decir, el coleccionismo de arte da prestigio y fama tanto al coleccionista como al mecenas. Gracias a estos estímulos –prestigio y fama– es posible reconstruir hoy la historia de la pintura o de la escultura, por ejemplo. Los grandes museos históricos europeos no existirían como tales si reyes, papas y nobles no hubiesen sentido este impulso. Los grandes tesoros del Museo del Prado, por ejemplo, son el resultado de la pasión coleccionista de nuestros reyes a lo largo de los siglos XVI a XVIII. Las “riquezas” o “vacíos” en las colecciones del Prado (la abundante pintura veneciana, por ejemplo, y la escasa pintura holandesa) son la mejor muestra de los gustos artísticos de nuestros Austrias. Para desgracia nuestra, por ejemplo, las grandes familias españolas, en cambio, no se distinguieron precisamente por su pasión coleccionista. Hubo que esperar al siglo XIX y, por supuesto, al XX, para que aparecieran los primeros coleccionistas privados o institucionales.

En este número que abre el año 2006 y nos sitúa en vísperas de ARCO, la gran cita española de los coleccionistas actuales, hemos querido trazar la historia del coleccionismo de arte, desde la Antigüedad hasta nuestros días. Organizado cronológicamente, este recorrido permite reconstruir los gustos de cada época e, incluso, la desmesura de algunos famosos coleccionistas. Jacobo Storch de Gracia explica cómo la afición a los objetos llenos de belleza es una pasión antiquísima y cuenta la afición coleccionista de los grandes magnates y emperadores romanos. Joaquín Yarza relata cómo los reyes, nobles, obispos y las órdenes religiosas fueron los grandes coleccionistas de arte durante los largos siglos medievales. José Álvarez Lopera informa de cómo el coleccionismo de arte en la época moderna nace en la Italia renacentista y de la labor de familias como los Médicis, los Pazzi o los Gonzaga, que marcaron el camino a futuros coleccionistas, como Cristina de Suecia, el cardenal Mazarino o nuestro Felipe IV. Francesc Fontbona detalla cómo los grandes burgueses relevaron a la monarquía a lo largo del siglo XIX como mecenas  de las artes, pero sin imitar sus gustos, y escribe un perfil de Archer M. Huntington, cuya pasión por España le llevó a fundar en Nueva York la Hispanic Society of America. Fernando Castro Flórez desvela los nombres de los grandes coleccionistas del siglo XX, entre ellos, Charles Saatchi, quien alardea de poseer la mejor colección de arte británico de fin de siglo. Finalmente, Kosme de Barañano desgrana las colecciones formadas por los artistas más importantes del siglo XX, con Paul Gauguin a la cabeza, que buscaron en las estampas orientales y en las esculturas africanas que aderezaron sus estudios una valiosa e inagotable fuente de inspiración para sus obras.





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