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Bárbara
Allende nació en la esquina de la Gran Vía con la calle de la
Montera, una encrucijada entre dos mundos que afectó desde pequeña a
su visión de la vida. Desde su balcón, veía la marquesina de la Red
de San Luis, que se le antojaba una puerta simbólica de entrada al
infierno, un descenso al corazón de la tierra, que vivía como si
protagonizara la peripecia de un cuento infantil. A su izquierda, se
extendía la calle de las prostitutas, el mundo de la marginación, la
sordidez y la pobreza; a la derecha, una avenida señorial, de
tiendas elegantes y pisos de lujo. Para aquella niña, esa esquina se
convirtió en el centro del Universo, como lo había sido la estación
de Perpiñán para Pablo Picasso.
Su educación artística se
concretó en la escuela Foto Centro, donde enseñaban Pablo Pérez
Míguez y otros fotógrafos célebres, aglutinados en torno a la
revista Nueva Lente. Como bagaje, aportaba sus clases de dibujo a
carboncillo, una formación que sus compañeros desdeñaban por
demasiado clásica, pero a la que está agradecida porque le permitió
aprender las técnicas del claroscuro y del volumen y que ayudan a
explicar su concepto de la fotografía: “Es dejar que dibuje la luz,
partir de una grisalla sobre la que luego pinto”.
Después, Barcelona
proporcionaría a su formación plástica el rigor técnico que
acompañaba a un mundo artístico, por entonces mucho más purista y
exigente que el de Madrid.
Cumpliendo los ritos de
paso de su generación, vivió también en Nueva York, pero el
Manhattan de 1980, en lugar de resultarle fuente de inspiración, le
apabulló y a los pocos meses regresó a Madrid, a la que encontró en
la plena efervescencia de la Movida. Bárbara se transformó en Ouka
Leele y sus fotografías pintadas, en algunos de los iconos
históricos más representativos y celebrados de ese momento.
Ouka Lele, último Premio
Nacional de Fotografía, abre las puertas de su estudio en este
número a Descubrir el Arte, para descifrar las claves secretas de su
álbum más íntimo. “Al principio, alguna gente se burlaba de mi
obra”, se confiesa, “diciendo que no hacía verdaderas fotos, pero
precisamente por eso luego he servido de puente entre los dos artes:
fotografía y pintura. Cuando expuse en el MEAC, mi obra sirvió para
que la fotografía entrara conmigo en el museo”. Un éxito por el que
sintió un “miedo horrible”, que la impulsó a esconderse durante un
tiempo.
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