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Los
grandes artistas han enaltecido la realidad con su obra: Cézanne y
la montaña de Sainte-Victoire (Aix en Provence), Van Gogh y sus
girasoles o Warhol y las latas de sopa Campbell. Una vez plasmados,
estos paisajes u objetos adquieren un nuevo significado y ya no
pueden volver a ser admirados con indiferencia por los amantes del
arte. De la misma manera, desde el momento en que Joan Miró pintó La
masía (1921-22), la casa solariega en la que basó su obra
permanecerá envuelta por su imborrable recuerdo. O, al menos,
mientras se mantenga en pie.
Desde hace un tiempo, la
histórica masía, situada en Mont-roig del Camp (Tarragona) y
conocida popularmente como Mas Miró, aparece a la venta en internet
con un precio de salida de 6 millones de euros, a la vez que se
informa que “las edificaciones requieren cierta rehabilitación,
debido al estado de abandono después de la muerte del artista en
Baleares”. Sin embargo, y a falta de la firma definitiva, el Mas
Miró fue declarado el 21 de marzo del pasado año bien cultural de
interés nacional. “Ahora ya está protegida y eso quiere decir que
aunque se venda, el propietario no podrá hacer lo que quiera”,
afirma Miquel Anguera, alcalde de Mont-roig y uno de los principales
impulsores de esta resolución. Al ser catalogada la finca como
monumento histórico, ya no se podrán tramitar licencias de
parcelación, edificación o derribo de la zona afectada. El legado
artístico triunfará una vez más sobre la especulación inmobiliaria.
El Mas Miró es el
símbolo internacionalmente conocido de Mont-roig, un pueblo de casi
9.000 habitantes situado a 25 kilómetros al sur de Tarragona. Entre
los huertos, las palmeras y los eucaliptos se asoma el edificio de
estilo indiano –nombre con el que se designaba a todos los que
emigraron a América y que regresaron tras haber hecho una fortuna–
que perteneció en el siglo XIX a Antoni Ferratges Mesa, político
liberal más conocido como marqués de Mont-roig. En 1910 adquirió la
finca el padre de Miró y, veinte años después, la donó a su hijo,
que tras exiliarse en Francia durante la Guerra Civil, regresó en
1941. El artista falleció en 1983 y la masía pasó a manos de la
única hija del pintor, Maria Dolors. En la actualidad son los nietos
de Joan Miró quienes gestionan la finca desde Mallorca, tras el
fallecimiento de la madre, el pasado mes de diciembre.
Alec Forssmann
explica en este número la historia de la masía, que fue declarada el
pasado año bien cultural de interés nacional, y relata la relación
del pintor con el emblemático caserón.
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