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El
Palacio Real de Madrid acoge en sus salas de la planta baja la
exposición Corrado Giaquinto. Pero Giaquinto (1703-1766) está
siempre presente en Palacio, cuyos visitantes encuentran sus figuras
alegóricas y mitológicas volando sobre sus cabezas desde que ponen
los pies en la escalera principal, luego en el Salón de Columnas y,
por último, en la Real Capilla. Y los ecos de su estilo se
encuentran en todos los fresquistas españoles –Bayeu, Maella,
González Velázquez– que pintaron las bóvedas de muchos de sus
salones, pues no en balde aquellos jóvenes pintores se formaron bajo
su égida en la recién fundada Real Academia de San Fernando. Sin
Giaquinto –y sus discípulos en Madrid– no se explica la formación ni
el estilo de Goya, aunque el genio aragonés sólo tuviese dieciséis
años cuando “don Corrado” dejó España en 1762.
Su huella fue
importantísima aunque sólo pasó aquí nueve años, después de llegar
en el verano de 1753, llamado para sustituir a otro pintor italiano,
Giacomo Amiconi. ¿Por qué lo eligió Fernando VI? Recordemos que, en
el arte áulico de los primeros Borbones españoles, “junto a la
fuerte influencia francesa que se hace visible sobre todo en el
retrato cortesano, la conocida maestría italiana en lo decorativo
vuelca el gusto palaciego en esta dirección, tanto con los artistas
presentes en Madrid, como con aquellos a quienes se recurre desde
España para que se envíen piezas de importancia...”. Con estas
palabras introducía a Giaquinto el comisario de la actual
exposición, Alfonso Pérez Sánchez, en el catálogo de otra no menos
memorable realizada también en Madrid hace un cuarto de siglo, El
Arte europeo en la Corte de España en el siglo XVIII.
José Luis Sancho
reconstruye en este número el perfil de este personaje singular y
descubre los tesoros que ahora exhibe la muestra del Real.
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