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Dos
libros recientes, uno del ámbito literario y otro del artístico, han
puesto de actualidad la importancia intelectual y estética de la
caligrafía. Nos referimos a La noche de los calígrafos, de Yasmine
Ghata, publicado por Siruela (Madrid, 2005) y Caligrafía, de Claude
Mediavilla, editado por Campgràfic (Valencia, 2005). El primero es
una novela en cuyas páginas se nos descubren la sensibilidad y las
vicisitudes biográficas de la abuela turca de la autora, considerada
la última gran calígrafa de la escuela otomana. El otro es un
enjundioso tratado de caligrafía, que abarca todos sus componentes,
las de oficio, las históricas y las artísticas, haciendo un
recorrido que se inicia con la escritura rupestre y culmina con la
pintura abstracta, a cargo de uno de los más reputados expertos en
el tema, que además ha sido profesor en la École des Arts Décoratifs
de París.
Es curioso que en la
era de la informática, cuando escribir está dejando de ser un acto
manual para transformarse en un acto mecánico, vivamos un fulgurante
renacimiento de la caligrafía, a la que se dedican cursos,
congresos, premios, estudios, exposiciones y libros. Y quizá ello se
deba al hecho de que finalmente hemos entendido que la caligrafía es
algo más que un conjunto de signos trazados con una finalidad
informativa o artística. Porque, en el fondo, la caligrafía es la
expresión de un ademán, de una fuerza, de una energía, que procede
de nuestro interior y que se manifiesta en todo aquello que el ser
humano declara a través de su gestualidad: la danza, los graffitis o
cualquiera de las señas que utilizamos en nuestra vida cotidiana,
incluso la música, como el free jazz. Así lo vieron los surrealistas
cuando hablaron del automatismo psíquico y así lo vio el propio
Freud, cuando definió la caligrafía como expresión del preconsciente,
situándola entre el subsconsciente y la consciencia plena. De hecho,
lo que analiza el grafólogo no es el sentido de la frase, ni el
contenido literario de la escritura, sino la expresividad del gesto,
las pulsiones psicológicas de cada trazo, la generosidad o la
inhibición que esconde cada línea, esto es, un intangible en el que
tiene tanto valor lo físico como lo psíquico. Es decir, que aunque
sea resultado de un largo aprendizaje, siempre aflora lo más
espontáneo y profundo del ser. Simplemente, expresa más que dice.
Daniel Giralt Miracle
reflexiona en
este número sobre la importancia actual de la caligrafía y analiza
su relación con los movimientos artísticos del pasado siglo XX.
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