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Leni
Riefenstahl había sido la cineasta favorita de Hitler para la
difusión plástica de los valores nacionalsocialistas y triunfó en la
Alemania de los años treinta con sus documentales sobre el congreso
del partido nazi en Nuremberg, El triunfo de la voluntad (1935), y
de los Juegos Olímpicos de Berlín, Olympia (1938). Esa
comprometedora cercanía a los círculos del poder pardo hizo que
quedara relegada, como una presencia embarazosa, tras la derrota
alemana en la Segunda Guerra Mundial.
El regreso de Leni hubo de
esperar casi dos décadas, pero cuando lo hizo –con la publicación de
una serie de fotografías sobre tribus del Sahel africano, un
producto en apariencia diametralmente opuesto a la exaltación de los
valores de la raza aria–, el resultado fue tan popular como la
primera vez. Ahora, la editorial Taschen acaba de reeditar en un
solo tomo los tres volúmenes dedicados a Los últimos Nuba (1973),
Los Nuba de Kau (1976) y otras tribus del Sudán, Mi África (1983),
que encandilaron a la opinión pública y se convirtieron en la
acuñación canónica y mimada por excelencia de la imagen del buen
salvaje.
Partiendo de los trabajos
de Rifenstahl y sus seguidores, Arturo Arnalte analiza en
este número la presencia y evolución de la imagen del negro en la
fotografía africana y occidental y dialoga con algunos de los
artistas que recientemente han retratado el mundo africano, como
Isabel Muñoz, Cristina García Rodero y Júlio Quaresma.
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