|
En
1979, las iglesias de Lalibela fueron declaradas por la UNESCO
Patrimonio de la Humanidad. Lalibela es una pequeña ciudad de doce
mil habitantes, situada al norte de Addis Abeba, en la altiplanicie
etíope, a 2.400 metros de altitud. Las chozas de barro y paja y las
casitas de adobe y techo de chapa se extienden en desorden por la
falda de la montaña desnuda y erosionada. Para los etíopes tiene
condición de ciudad santa y es un centro de peregrinaje; para los
viajeros es escala obligada, dada la originalidad y belleza de sus
iglesias monolíticas.
La primera noticia que tuvo Occidente de estas
iglesias la proporcionó el jesuita portugués Francisco Álvarez, que
en 1520 llegó a Etiopía acompañando a Rodrigo de Lima. Quedó tan
admirado que, en su Historia de Etiopía, no sólo las describió sino
que las dibujó, temiendo que las creyeran fruto de su imaginación.
Se trata de once iglesias monolíticas excavadas
en el suelo de piedra rojiza volcánica. Fueron talladas como
verdaderas esculturas: primero se labró un foso alrededor de la masa
pétrea de la futura iglesia. El foso, que llega a alcanzar cinco
metros de ancho por once de alto y permitía el trabajo desde el
exterior a los constructores, da hoy acceso a los templos mediante
escaleras de piedra o rampas, y simbólicamente separa el lugar
sagrado del exterior profano.
Manuela Citoler explica en este número la
importancia de estos templos, lo poco que se conoce sobre su
construcción, el misterio que rodea a sus creadores y la influencia
milenaria del imperio axumita. Todo ello, en un bello reportaje
ilustrado con imágenes fascinantes de los templos.
|