|
Desbordado
por la multiplicidad de los hechos y por su diversidad, el espíritu
tiene necesidad de categorías y clasificaciones. Evita así el riesgo
de perderse en lo ilimitado e impreciso que, al desvirtuarlo y
reducirlo eliminando su sustancia básica, lo harían desaparecer. El
resultado es la inclinación del estudioso o del docente a la
sistematización de lo conocido en grupos comprensibles o en
conjuntos didácticamente válidos, todo en aras de expresar conceptos
fáciles de retener y de encauzar la sucesión de principios y formas
para impedir, de alguna manera, las heterodoxias evanescentes;
supone en suma establecer las fronteras de la inspiración y
obligarla a someterse, doblegando sus ansias de independencia y
disciplinando su entidad. Así, una idea o una palabra sirven
inmediatamente para fijar, aunque sea con ligero abocetamiento, un
ambiente colectivo constituido por sólidas individualidades.
Tal es el caso de los “ismos” de las dos
últimas centurias que, al mismo tiempo y contradictoriamente, fueron
surgiendo desde comienzos del siglo XIX con etiquetas por escuelas,
o con subdivisiones por tendencias, tomando progresiva carta de
naturaleza en contraste radical; a menudo, cada una de estas
combinaciones de autores y métodos, elementos renovadores y fórmulas
interpretativas, nacía con un violento ánimo de combatir a la que le
había precedido. Tan singular concatenación de movimientos se fue
acelerando hasta transformar la Historia del Arte en una especie de
damero en el que maniobraban, se enfrentaban y luchaban cúmulos
estéticos aparentemente distintos que procuraban imponerse en la
escena creativa excluyendo a los restantes, e incluso eliminándolos.
En medio de tan complejo panorama, determinado
por horizontes cambiantes, un tipo especial de expresiones
artísticas ha pasado por numerosas vicisitudes, sufriendo avatares
que no han conseguido erosionar su inconsútil energía interna ni su
evidente vigencia secular, que en las postreras décadas del siglo XX
le han permitido mostrarse bajo dispares aspectos y en dominios
complementarios. Se trata de las visiones, en términos por lo
general realistas, del paisajismo urbano, que a lo largo de milenios
ha sido apreciado, ensalzado o desdeñado y también denostado,
admirado o preterido, de acuerdo con el signo de las épocas; lo
curioso es que a pesar de sus dificultades para ser tenido en cuenta
como arte grande se ha mantenido siempre permanente, en razón de sus
principios y de la necesidad de su existencia con espectaculares
afloramientos y brillante desarrollo, con frecuencia inesperados,
por oposición a la pretensión de determinados movimientos o críticas
empeñados en diluirlo, llevados por una ciega iconoclastia de cortas
luces que el tiempo se ha encargado de desmentir.
Agosto es tiempo de viajes y vacaciones, y por
ello en este número publicamos un amplio informe sobre cuatro
ciudades inmortalizadas por los pinceles de otros tantos artistas:
Delft (Vermeer), Venecia (Canaletto), Varsovia (Bellotto) y Madrid
(Antonio López). Hoy sería imposible imaginar, por ejemplo, una
Venecia sin Canaletto o una ciudad de Delft sin Vermeer. Es más:
quien no las haya visitado jamás tenderá siempre a verlas (¿o
soñarlas?) con los ojos de “sus” pintores. J.J. Luna explica
la evolución de los dos mil años de paisajismo urbano en el arte y
analiza la figura de Bernardo Bellotto, que inmortalizó Varsovia en
57 lienzos. Alejandro Vergara Sharp visita el Delft de
Vermeer. Miguel Morán Turina descubre la Venecia de Canaletto.
Y Paloma Esteban presenta la imagen más reciente de Madrid,
ligada indisolublemente al pincel de Antonio López. |