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Con
un boato rebajado por muros desnudos,
martillazos y cimientos apuntalados, los pies de Su Santidad
tantearon el terreno para caminar por un recorrido angosto y
trémulo. Descendió más de ocho metros hasta acceder al corazón de un
templo en obras, de un carísimo sueño que alboreaba. Con sesenta y
tres años de edad bajo la tiara y flanqueado por su fiel arquitecto
Donato Bramante, el Sumo Pontífice dispuso la colocación de la
primera piedra de un proyecto faraónico y largamente acariciado.
Si hubiera alojado, como en moderna liturgia,
el periódico del día en el hueco de la roca, el ejemplar indicaría
la fecha del 18 de abril de 1506. Y la cabecera hubiera
correspondido al “L’Osservatore Romano”
(siglos más tarde, diario oficial del Vaticano), cuyo titular
rezaría con generosidad tipográfica “Julio II pone la primera piedra
de la nueva basílica de San Pedro”.
El gesto del Papa, hoy
gloriosa efeméride, abrió un largo camino de voluntades y
dispendios, una suma de talentos artísticos para levantar el
epicentro del cristianismo en el lugar exacto donde fue enterrado
San Pedro tras su martirio. En Galilea, Jesucristo nominó a su
apóstol Kefá o roca sobre la que edificar su iglesia. En Roma,
veinte siglos después, donde muere la Via de la Conciliazione y el
Tíber se curva, la fe se erige pétrea en una de las sedes de Dios. A
Julio II le corresponde el mérito de dar el impulso definitivo a uno
de los catafalcos más grandiosos y bellos de la historia del arte.
Pero el Papa que regañaba al genial Buonarroti por su demora en
pintar la Sixtina sólo personifica una entrada más al glosario y la
nutrida onomástica del devenir histórico de la basílica.
Javier Caballero
relata cómo se gestó la construcción de la basílica a lo largo de
los siglos, la nómina de artistas que participó en los trabajos y
los diferentes problemas a los que hubieron de hacer frente. Todo
ello en un artículo magníficamente ilustrado.
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