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Felipe el Hermoso, entre la leyenda y el olvido

Belleza y locura enmarcan el tiempo y la vida del duque de Borgoña y archiduque de Austria, esposo de Juana la Loca, que fue efímero rey de Castilla y murió en Burgos hace quinientos años.

 

Felipe el Hermoso, entre la leyenda y el olvido

“Dicen que le sacaron el corazón para que, encerrado en un vaso de oro, se lo llevaran a su casa y lo depositaran junto a las cenizas de sus mayores”. Así relata el cronista Pedro Mártir de Anglería los sucesos de aquel aciago día de comienzos de otoño –el 25 de septiembre de 1506–, en que se apagó en Burgos la vida de Felipe I el Hermoso, rey de Castilla, duque de Borgoña y archiduque de Austria. El malogrado príncipe flamenco llegado del norte junto a su esposa Juana, la heredera de los Reyes Católicos, apenas llevaba cuatro meses rigiendo como monarca efectivo en la Corona de Castilla.

Hasta el último momento, sin derramar una lágrima, la reina Juana había permanecido junto al lecho del moribundo, en sus estancias de la Casa del Cordón –la suntuosa residencia del condestable de Castilla, que les servía de morada–, asistiendo impasible a los inútiles esfuerzos de los médicos. Tras la muerte, dieron comienzo de inmediato las complejas y meticulosamente reglamentadas operaciones que “la costumbre de Flandes” exigía para las honras fúnebres de tan alto señor. El cadáver, eviscerado y “adornado con preciosas vestiduras”, se trasladó a la Cartuja de Miraflores, donde tendrían lugar las exequias y donde habría de quedar depositado –de no mediar el trastorno de Juana, que lo hizo peregrinar por tierras de Castilla– en tanto no se cumpliera su última voluntad de ser enterrado en Granada.

Han transcurrido quinientos años de aquellos hechos y hoy el corazón de Felipe –que se conservaba en una urna junto a la tumba de su madre, María de Borgoña, en la Iglesia de Nuestra Señora de Brujas– vuelve al mismo lugar donde dejó de latir. La arqueta con tan preciado resto constituye el núcleo más íntimo de la exposición que, para conmemorar el quinto centenario de su muerte, han organizado conjuntamente la Fundación Caja Burgos  y la Fundación Carlos de Amberes.

Asunción Doménech, historiadora, recuerda en este número la historia del malogrado esposo de Juana la Loca y anticipa los detalles de la muestra, que cuenta con un sobrio e inteligente montaje que aprovecha al máximo las posibilidades espaciales de las dos plantas que ocupa en la Casa del Cordón.





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