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El
arte contemporáneo se nutre de paradigmas románticos y
contradicciones sumas, pues lo contemplamos desde una perspectiva de
progreso, de avances hacia un infinito en perpetua revolución. Y una
de las mayores consecuencias de esta visión es que se sobrevaloran
la juventud, la novedad y la aportación como superación y se
devalúan el oficio, la continuidad y el arte como valor en sí mismo,
fuera de cualquier escala evolutiva. Las víctimas colaterales: todo
artista que supere los cuarenta años, por no hablar de los mayores
de sesenta, “viejos chochos” que malviven de una juventud otrora
gloriosa...
Ha costado rehabilitar al último Goya, todavía
estamos en ello con Picasso, tardaremos mucho en hacerlo con Dalí,
por no hablar del último Tàpies, todavía en activo y en proceso
quizá de dar lo mejor de su obra.
Ahora le toca a Miró, y su fundación homónima
le dedica una merecida exposición bajo el título Joan Miró,
1956-1983. Sentimiento, emoción, gesto; con el que evoca al “último
Miró”. Ricard Mas Peinado presenta en este número los
detalles de la muestra y recuerda los últimos años de vida y obra
del pintor.
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