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Jardín de un sueño

Fundador, junto a Zóbel y Rueda, del Museo de Arte Abstracto de Cuenca, Gustavo Torner se ha embarcado en una nueva aventura: la creación de un universo donde brilla la obra realizada a lo ancho de cinco décadas. El Espacio Torner se suma a la amplia oferta cultural de Cuenca.

 

Jardín de un sueñoCuelga, o casi cuelga del paisaje levítico, la Iglesia de San Pablo. Si lanzamos la mirada desde lo lejos, el complejo, adosado al viejo Convento de los Dominicos, tiene un perfume de abadía, de secreto. La mampostería de sus muros conserva una vibración de tiempo quieto, como si el siglo XVI no se hubiese borrado de su esqueleto pétreo, de su rotunda estructura con algo de hermandad fortificada.

La belleza inmediata del lugar no aventura lo que alberga. De un lado, el convento hecho Parador Nacional; del otro, el Espacio Torner, que no es en sí un museo, que no es sólo el molde de una fundación, que nada tiene que ver con el espíritu mutante de un centro de arte. No es nada de esto, seguro. Pero ¿qué es el Espacio Torner? ¿De qué extraña combinación de siglos, y memoria, y sueño en marcha, ha nacido?

Una vez ante la fachada de orientaciones góticas de la iglesia, por décadas y hasta ahora cerrada al culto, se abre un “jardín” inédito donde las nervaduras y arquerías de las bóvedas sirven de campana a una fiesta en silencio, a una consagración del color y de la forma, por donde respira el lenguaje plástico de Gustavo Torner, cuya casa-estudio está situada enfrente del espacio adaptado a su obra, junto al enclave casi mítico de las Casas Colgadas.

Subía el artista en su adolescencia por las calles en cuesta de aquella Cuenca hecha de piedra y duro sol, cimbreada por las hoces del Huécar, casi como una fortaleza guardada por siglos de piedra y vértigo de acantilados, de cortes hondos en una geografía con alma de llaga, inesperada, sin pronóstico. Por aquellas cuestas, decíamos, subía o bajaba el joven Torner. Por los mismos lugares que forman parte después de su biografía no sólo emocional, sino de esa otra parte de la historia de un hombre que nace apegada a los espacios colectivos. Sucedió con el bellísimo Museo de Arte Abstracto de la ciudad, impulsado por él junto a Fernando Zóbel y Gerardo Rueda.

Y sucede ahora con el hallazgo y logro de desplegar una pequeña parte del ecléctico e intenso trabajo de Torner a lo ancho de más de cinco décadas, medio siglo de búsqueda en un momento, en un país, en el que andar más allá del terco realismo de sacristía, del paisaje popular y el tufo impositivo de los coros y danzas llevaba aparejada la desconfianza de los adustos popes del arte en el estrecho corral de aquellos años. Antonio Lucas visita en este número el nuevo espacio y dialoga con el creador.





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