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El
día 21 de agosto de 1806, cuando Francia vivía exultante los días
gloriosos del emperador Napoleón I, el pintor Jean-Honoré Fragonard
se sentaba ante el restaurante Véry, ubicado en la planta baja del
Palais Royal de París. Para apaciguar el calor veraniego, tomó un
helado que le produjo una fuerte congestión, que complicada con su
edad de setenta y cuatro años y los avatares sufridos en los últimos
tiempos, le provocó la muerte al día siguiente.
Con su fallecimiento, prácticamente desaparecía
el último protagonista de una época artística muy significativa,
aunque denostada en tiempos posteriores, que recientemente comienza
a ser reivindicada en su justa medida, para situarla en el lugar que
le corresponde en la Historia del Arte.
En efecto, Fragonard ha sido considerado como
el último gran representante del estilo pictórico que, surgido tras
la obra de Jean-Antoine Watteau, ha sido designado como “pintura
galante”, estilo estimado como frívolo, sensual y eminentemente
decorativo y alejado de los “buenos principios del arte”. Esta
visión parcial, derivada de la subjetividad del concepto artístico
surgido del gusto neoclásico, ya no puede aceptarse hoy día y a su
revisión contribuyen sin duda exposiciones como The Triumph of Eros:
Art and Seduction in 18th Century France (Hermitage Rooms, Somerset
House, Londres) o como la que el CaixaForum de Barcelona dedica a
una muy interesante parte de su obra, bajo el título de “Jean-Honoré
Fragonard (1732-1806). Orígenes e influencias. De Rembrandt al siglo
XXI”. Por Jesús Cantera Montenegro.
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