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Es bien sabido. Cézanne, Gauguin y Van Gogh
fundaron la pintura moderna. Sin embargo, en su tiempo el tercero
permaneció invisible para todos (crítica, público, coleccionismo,
instituciones) o casi. La exposición que, hasta el 4 de marzo,
alberga su museo en Amsterdam parece deseosa de contarnos una
historia bastante diferente, describiendo y –en este caso–
descubriendo cómo, gracias a ciertos grupos de la vanguardia
histórica, Van Gogh empezó a ser imprescindible.
Se trata de un proceso fechado muy a principios
del siglo XX en Alemania y Austria, de tal intensidad que cuando
empieza la Gran Guerra en 1914, los coleccionistas e instituciones
centroeuropeos ya habían adquirido casi 200 obras suyas y, tanto o
más importante, habían concedido a un grupo de jóvenes artistas –y
futuros expresionistas– la oportunidad de poder contemplar en
directo la producción del holandés.
Para ellos, Van Gogh fue el gran referente y,
no sólo por su biografía extremada sino por la intensidad de su
arte, que se reflejaba tanto en sus vibrantes y enérgicas pinceladas
como en la nueva relevancia que había concedido al material como
elemento básico del lenguaje pictórico. Ni siquiera aquellos jóvenes
que exhibían orgullosos sus provocadoras poses de tabla rasa, de
empezarlo todo desde cero, estaban libres de la evidencia de ciertas
prácticas anteriores. Por un lado, el arte primitivo (africano,
oceánico); por otro, Van Gogh.
Desde 1901, sus óleos eran exhibidos de manera
regular y casi anual en suelo alemán. Como hitos destaca la
presencia de su arte en la Exposición de Primavera de la Secesión
muniquesa, en 1903; un año después, una individual en el Centro de
Arte de Munich; en 1905, otra en la Galería Arnold; en 1908, la
Galería Zimmermann expone trece van goghs junto a lienzos de Gauguin;
en 1909, la Galería Brakl realiza una gran retrospectiva con 55
obras.
Algunas de esas piezas fueron adquiridas por
coleccionistas que gozaban ya de enorme prestigio, como Karl Osthaus
y el conde Kessler. Todos ellos serían superados por un precoz
admirador de su arte, Julius Meier-Graefe, que se convirtió –en
fecha tan temprana como 1893– en el primer ciudadano alemán en
comprar obra de Van Gogh y en uno de sus más ardientes defensores, a
través de ensayos (como el de 1910) y de numerosos artículos en
prensa.
También los museos empezaron a convertir al
holandés en pieza destacada que permitía, de paso, enhebrar con
firmeza todo el discurso de la pintura moderna. El primero de ellos
fue la Galería Nacional de Berlín, que en 1906 adquirió tres
dibujos. Seis años después, la Galería Estatal de Pintura de Munich
se hacía con dos obras esenciales para entender al artista, Vista de
Arlès y Jarrón con girasoles (1889, ambos), en una acción que además
era simbólica, porque homenajeaba la labor en pro del arte moderno
de Hugo von Tschudi, quien precisamente había dirigido la Galería
Nacional berlinesa hasta 1908. Javier Pérez Segura presenta
en este número la exposición que hasta el próximo mes de marzo acoge
el museo Van Gogh en Amsterdam y explica el impacto del pintor entre
los primeros expresionistas germanos.
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