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La huella de Sofía Imbert

Se trata de una de las mejores colecciones de América Latina, que hoy se ve afectada por un proceso de indefinición al que no es ajeno el rumbo político de Venezuela.

 

La huella de Sofía ImbertPor sus recios muros de hormigón hace cinco años que se filtró la contaminación política de un país polarizado. Desde entonces sus salas tienen goteras de oficialismo bolivariano y en sus entretelas burocráticas se ha colado el aroma de la revolución. Afuera, la intelectualidad del país –y algunas voces autorizadas, como el artista colombiano Fernando Botero– siguen aullando de indignación.

Del Museo de Arte Contemporáneo de Caracas se arrancó con cierto ensañamiento el sufijo Sofía Imbert, la periodista, escritora y especie de marchante coraje que, sin apenas medios y con tozudez de mula, procuró para la capital de Venezuela el mejor museo de vanguardia de toda Sudamérica. Cayó en desgracia en 2001, por culpa de su oposición al cariz guerrillero que tiñe Venezuela. Fue removida de su cargo en directo, en una de las panfletarias e infinitas alocuciones del presidente Hugo Chávez, que desalojaba de sus cargos a todos los puestos de responsabilidad de la cultura del país, en pos de “sacar a la élite de los museos para ofrecérselos al pueblo”.

Cinco años más tarde, el museo sigue su mudanza ideológica, inmerso en un período de indefinición a todos los niveles. Un incendio agravó la zozobra y azuzó el caos administrativo que precipitó en 2004 un año de cierre. Afortunadamente, hace breves fechas se ultimó la recolocación de las salas y la puesta al día de su discurso expositivo. Otrora fue orgullo, pero hoy camina algo desangelado a la espera de que el Ministerio de Cultura dicte sus mandamientos tras la reelección del populista Chávez en las pasadas elecciones del 3 de diciembre.

Situado en el entorno arbóreo del Parque Central caraqueño, a la sombra del Teatro Teresa Carreño y el decadente Hotel Hilton, el MACC –que tuvo el nombre de su fundadora desde el 27 de junio de 1990 hasta el mencionado despido– se revela como el muro de carga de una trinidad que forman el Museo de Bellas Artes, dedicado al arte latinoamericano, y el Gabinete de Arte Nacional, que custodia la memoria de Venezuela. Javier Caballero recorre sus salas en este número, resume su historia y presenta sus colecciones más destacadas.

 





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