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Probablemente
El lavatorio de los pies sea la más popular de las pinturas de
Tintoretto que se conservan en el Museo del Prado y no hay visitante
que, al detenerse ante él, no se sienta inmediatamente sorprendido,
primero, y, luego, cautivado por la increíble sensación de que el
espacio que está contemplando –el de esa amplísima sala y el de
aquel canal veneciano que se pierde en la lejanía hasta desaparecer
a los pies de un arco de triunfo– está tan bien pintado y resulta
tan convincente que parece un espacio real en el que, sin demasiado
esfuerzo por su parte y sólo con un poco de imaginación, podría
introducirse el propio espectador y deambular cómodamente a su
antojo entre los personajes que, día tras día, siguen protagonizando
aquella historia evangélica en la que Cristo dio un ejemplo supremo
de humildad.
Pero, probablemente, este visitante se quedaría
más sorprendido aún si supiera que una sensación muy parecida a la
suya es la que debió producirle aquel mismo cuadro a Velázquez
trescientos cincuenta años atrás cuando, tras haber sido adquirido
para Felipe IV en la almoneda del infortunado Carlos I de
Inglaterra, el pintor lo colgara en un lugar de honor de la
Sacristía de El Escorial, justo en el medio de una de las paredes
laterales.
Lo sabemos porque, al describir aquel cuadro y
aquella estancia del monasterio, el padre Francisco de los Santos
hace un comentario que, sin duda alguna, habría escuchado de labios
del sevillano cuando reorganizó toda la colección de pintura del
mismo por orden de su señor. Y no hay mejor prueba de la fascinación
que este cuadro produjo sobre Velázquez que el cuadro que pintó
justo en aquel momento: Las Meninas, otro lienzo en el que la
ilusión espacial alcanza cotas difícilmente imaginables y en el que
también “entre las figuras hay ambiente”, como escribiera Antonio
Acisclo Palomino de él en la primera biografía que se publicara
sobre el artista.
El Museo del Prado acaba de inaugurar ahora la
primera exposición antológica dedicada al artista veneciano –la
primera, por increíble que parezca, desde 1937–. Con motivo de la
retrospectiva, Miguel Morán Turina recuerda la vida del
pintor, que encarnaría, mejor que Tiziano, el alma de la Venecia del
momento, y analiza su obra y aportaciones significativas.
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