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El siglo XX se retrata

Tomando prestado el nombre de un poético relato de Jorge Luis Borges, El espejo y la máscara, el Museo Thyssen inaugura una exposición que pretende realizar un recorrido a través del retrato en la plástica del siglo XX.

 

El siglo XX se retrata

Reproducir la fisonomía humana ha estado siempre, de una u otra forma, identificado con la magia. Para los llamados pueblos primitivos, en los primeros tiempos de la fotografía, ser captado por una cámara equivalía a dejarse arrebatar el alma. A finales del siglo XIX, entre las comunidades indígenas del Paraguay existía la creencia de que si alguno se apropiaba de la imagen de otro, si plasmaba su retrato, lograba también doblegar su voluntad. En la antigua Grecia, el trágico final de Narciso parece tener también algo que ver con el riesgo que pudiera entrañar la contemplación de la propia imagen.

La pintura de retrato ha adoptado diversos significados, dependiendo de las diferentes épocas. De hecho, el momento preciso en que se podría hablar con propiedad de este género ha sido y es motivo de controversia, pero lo que resulta innegable es que, bien por motivaciones religiosas, por deseo de manifestar un estatus social o como método de conocimiento para el propio artista, el retrato pone siempre de manifiesto el desasosiego del individuo ante la evidencia de la muerte, y su intento de conjurar la desaparición definitiva por medio de la magia de una imagen que perdure a través del tiempo. Las estatuas sumerias, las efigies egipcias o las pinturas de El-Fayum parecen confirmar esta hipótesis.

Si, como se ha asegurado, el retrato es menos una imitación que una interpretación, aún lo es en menor medida el retrato que surge a partir de los últimos decenios del pasado siglo, junto con los movimientos artísticos de vanguardia. Sin perder del todo de vista al individuo representado, el retrato del siglo XX prioriza la forma de representación sobre el propio sujeto que, paradójicamente, suele mostrar una sorprendente semejanza psicológica con su efigie pintada. No está de más, al llegar a este punto, reproducir la famosa anécdota de Picasso y Gertrude Stein, a propósito del famoso retrato de ésta que supuso el punto de partida del cubismo. Cuando en 1906 el malagueño finalizó el lienzo con la imagen de la escritora, ante el reproche de que el parecido era prácticamente inexistente, éste respondió: “Al final, ella logrará parecerse al cuadro”, lo que no dejó de ser una premonición, porque con el tiempo, Stein mostró gran parecido con su retrato.

Una exposición en el Museo Thyssen-Bornemiszza y la Fundación Caja Madrid, que se inaugura este mes de febrero, indaga ahora en la evolución del retrato en la pintura durante el siglo XX. Paloma Esteban Leal explica en este número la revolución que supuso el impresionismo y el posimpresionismo, tanto a la concepción tradicional del retrato como a la identidad del propio retratado y los planteamientos radicales de las vanguardias del pasado siglo.

 





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