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Reproducir la fisonomía humana ha estado
siempre, de una u otra forma, identificado con la magia. Para los
llamados pueblos primitivos, en los primeros tiempos de la
fotografía, ser captado por una cámara equivalía a dejarse arrebatar
el alma. A finales del siglo XIX, entre las comunidades indígenas
del Paraguay existía la creencia de que si alguno se apropiaba de la
imagen de otro, si plasmaba su retrato, lograba también doblegar su
voluntad. En la antigua Grecia, el trágico final de Narciso parece
tener también algo que ver con el riesgo que pudiera entrañar la
contemplación de la propia imagen.
La pintura de retrato ha adoptado diversos
significados, dependiendo de las diferentes épocas. De hecho, el
momento preciso en que se podría hablar con propiedad de este género
ha sido y es motivo de controversia, pero lo que resulta innegable
es que, bien por motivaciones religiosas, por deseo de manifestar un
estatus social o como método de conocimiento para el propio artista,
el retrato pone siempre de manifiesto el desasosiego del individuo
ante la evidencia de la muerte, y su intento de conjurar la
desaparición definitiva por medio de la magia de una imagen que
perdure a través del tiempo. Las estatuas sumerias, las efigies
egipcias o las pinturas de El-Fayum parecen confirmar esta
hipótesis.
Si, como se ha asegurado, el retrato es menos
una imitación que una interpretación, aún lo es en menor medida el
retrato que surge a partir de los últimos decenios del pasado siglo,
junto con los movimientos artísticos de vanguardia. Sin perder del
todo de vista al individuo representado, el retrato del siglo XX
prioriza la forma de representación sobre el propio sujeto que,
paradójicamente, suele mostrar una sorprendente semejanza
psicológica con su efigie pintada. No está de más, al llegar a este
punto, reproducir la famosa anécdota de Picasso y Gertrude Stein, a
propósito del famoso retrato de ésta que supuso el punto de partida
del cubismo. Cuando en 1906 el malagueño finalizó el lienzo con la
imagen de la escritora, ante el reproche de que el parecido era
prácticamente inexistente, éste respondió: “Al final, ella logrará
parecerse al cuadro”, lo que no dejó de ser una premonición, porque
con el tiempo, Stein mostró gran parecido con su retrato.
Una exposición en el Museo Thyssen-Bornemiszza
y la Fundación Caja Madrid, que se inaugura este mes de febrero,
indaga ahora en la evolución del retrato en la pintura durante el
siglo XX. Paloma Esteban Leal explica en este número la
revolución que supuso el impresionismo y el posimpresionismo, tanto
a la concepción tradicional del retrato como a la identidad del
propio retratado y los planteamientos radicales de las vanguardias
del pasado siglo.
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