|
Al
Museo Oteiza sólo le falta la presencia del propio creador
guipuzcoano, pululando por cualquiera de sus muchos vericuetos. Ésta
casi se intuye, tanto en el interior de las instalaciones como por
los alrededores, un tanto descuidados, un tanto salvajes. Al más
puro estilo Oteiza. Localizado en Alzuza, un paraje con una
extensión de 256 hectáreas (la mayoría de monte maderable), el museo
está situado sobre un alto entre los barrancos de Andazclai y
Aezueta y dista de la capital navarra alrededor de ocho kilómetros.
En 1975, Jorge Oteiza (Orio, 1908-Donostia, 2003) fijó su residencia
en una casa semiderruida –entonces sin electricidad ni agua
corriente– de este enclave navarro, junto a su mujer Itziar Carreño.
En 1992, al tiempo que recibía la “Medalla de oro” de Navarra, el
genial y controvertido escultor donó toda su obra a la Comunidad
Navarra para la creación del Museo Jorge Oteiza, bajo la supervisión
y control de la Fundación Museo Jorge Oteiza.
Y allí, sobre la ladera sur de Alzuza, se erige con forma de cubo de
hormigón teñido de rojo, y coronado por tres característicos
lucernarios prismáticos de grandes dimensiones, el proyecto
arquitectónico ideado por el arquitecto navarro Francisco Javier
Sáenz de Oiza (1918-2000), autor, entre otros, de la sede del BBVA
en Madrid.
Aitzol San Sebastián visita en este número las salas del
centro, que se presenta articulado, por propio designio y voluntad
del escultor, en torno a la casa que su mujer y él y a través de
diversas intervenciones convirtieron en su hogar, almacén y lugar de
estudio y trabajo.
|