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A principios de 1907, Pablo Picasso, que tenía
entonces veinticinco años, entró en una de las más graves crisis
personales y creativas de su vida. Es André Salmon quien nos informa
de que “estaba intranquilo”, había vuelto los lienzos contra la
pared y se dedicaba solamente a dibujar. El caso es que pudo
permitirse el lujo de “tirar los pinceles” y de no pintar
prácticamente nada durante unos meses, pues unas ventas recientes a
Ambroise Vollard y a los Stein (Leo y Gertrude) le habrían dado
cierto respaldo económico, permitiéndole alquilar, incluso, una
habitación suplementaria debajo de su estudio principal, en el
Bateau Lavoir. Ahí es donde se encerró, al parecer, para elaborar la
mayor parte de los bocetos preparatorios del cuadro que conocemos
con el título de Las señoritas de Aviñón. ¿Era también una manera de
huir de Fernande Olivier, su compañera de los últimos años?
Parece claro que la vida sentimental de aquella
pareja se estaba deteriorando gravemente, hasta llegar a un punto
sin retorno en los dos primeros meses del verano, en rigurosa
correspondencia cronológica con la ejecución propiamente dicha de la
pintura que ahora comentamos. En agosto (cuando el cuadro de las
Señoritas estaba recién acabado), Fernande envió algunas cartas a
Gertrude Stein, dando cuenta de la ruptura: “¿Quiere oír noticias
importantes? –escribe el día 24–. Picasso y yo vamos a dejar de
vivir juntos. Nos separamos definitivamente el próximo mes... ¡Qué
fracaso!... Imagínese lo que es mi vida ahora, aunque aparentemente
nada haya cambiado. Estoy haciendo todo lo posible por no mostrar mi
desesperación y mi depresión, pero en el fondo estoy rabiosa y el
futuro no me hace concebir esperanzas”.
Así que es tentadora la idea de vincular este
trabajo artístico con una gran convulsión anímica, como si el
artista, tras una pausa de medio año, hubiera retomado furiosamente
los pinceles para ejecutar una suerte de exorcismo personal: la
ruptura sentimental, íntima, habría conducido a otra de carácter
artístico con repercusiones universales. ¿O fue más bien lo
contrario, es decir, que el abandono de la complaciente etapa rosa
habría implicado barrer con todo lo anterior, incluida la vida
amorosa?
La verdad, sin embargo, es que se podría
prescindir del anecdotario biográfico y reconstruir un itinerario
creativo que parece conducir de un modo bastante lógico hacia “Las
señoritas de Aviñón”. Juan Antonio Ramírez explica en este
número la importancia de la pintura en la historia del arte y cómo
Picasso consiguió con ella huir de la pudibundez del mundo del arte
y acabar con la larga era del ilusionismo, haciendo descender la
pintura, por fin, al ámbito de la realidad. Eugenio Carmona,
en un segundo artículo, detalla las interpretaciones y visiones tan
dispares como apasionantes que el monumental lienzo del malagueño ha
suscitado desde su elaboración. Y Jonathan Jones relata la
brecha que provocó en el arte moderno la explosión de sexo, anarquía
y violencia que contiene el cuadro. Javier Díaz-Guardiola,
finalmente, entrevista a doce artistas españoles de distintas
generaciones, que trazan una completa radiografía de “Las señoritas
de Aviñón”. |