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Publicidad alicatada
Cuando, entre los años 1917 y 1918, Antonio
Palacios diseñaba los espacios interiores del Metropolitano que se
comenzaba a construir en Madrid, y que sería inaugurado en noviembre
de 1919, un objetivo parecía claro en sus intenciones, evitar la
sensación de oscuridad y de que se viajaba bajo tierra. “Es preciso
atraer a un público acostumbrado a la viva luz exterior de sus
calles y paseos, y para ello es necesario que sus vestíbulos y
estaciones sean claros, alegres, prestándose a ello perfectamente la
rica variedad de cerámicas de las diversas regiones españolas”,
escribía Miguel Otamendi (ingeniero corresponsable del proyecto,
junto a Palacios) en la Memoria de 1930.
El empleo de la cerámica para cubrir sus
paredes no era un recurso nuevo en la construcción de los
incipientes transportes subterráneos de las capitales europeas, pero
en nuestro país cobraba especial significación, ante la
justificación de las tradiciones y el auge experimentado por las
industrias cerámicas de los principales centros productores.
En este contexto, la publicidad fue entendida
desde el principio como parte inherente a los espacios del
Metropolitano – “Las paredes están adornadas con anuncios”, se decía
en una crónica de Blanco y Negro, publicada unos meses antes de la
inauguración– y, para que estuviera en perfecta consonancia con el
resto, los anuncios no podían estar realizados en otro soporte que
en azulejería. Antonio Perla analiza en este número el origen
y evolución de estos paneles cerámicos, que hoy son piezas de museo.
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