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Santiago
Calatrava es diferente. No es un arquitecto que haga cosas
distintas, es que su relación con la creación y con el proyecto
circula por caminos propios, que miran mucho más atrás del
Movimiento Moderno, hunden sus raíces en la ambiciosa aventura
constructiva del Gótico y en el humanismo renacentista que puso al
hombre como medida de todas las cosas. Si analizamos su método de
trabajo, habría que buscar sus referentes más cercanos en el talento
constructivo y la libertad formal de Gaudí, y en el genio
estructural de las nuevas formas de Félix Candela. Aunque su
trayectoria es incomparable, por la rapidez con que ha conseguido el
prestigio internacional.
Heterodoxo por naturaleza, Calatrava inició su
propio camino al margen del debate arquitectónico de su tiempo.
Ensimismado en su propia tarea heroica de integrar en una misma
producción sus intereses y habilidades como arquitecto, ingeniero y
artista plástico, el éxito ha respaldado su trabajo, llevándole a
escribir una historia que él mismo ha calificado como “una sucesión
de milagros”.
arquitecto planetario
Entre los milagros efectivos están los
concursos ganados, los monumentales edificios construidos, la
extraordinaria popularidad y la admiración internacional que se ha
reflejado en numerosos premios concedidos en todo el planeta por su
aportación a la arquitectura en las últimas décadas. Ganador del
Premio Príncipe de Asturias de las Artes en 1999, sólo le faltaba
por conquistar el reconocimiento de sus colegas españoles, que
siempre han manifestado una terca reticencia hacia el verdadero
valor de su arquitectura. La reciente concesión del Premio Nacional
de Arquitectura viene a reducir esta distancia, cuyas razones hay
que buscar más allá de las que dicta el gusto.
Enrique Domínguez Uceta presenta en este
número la obra y trayectoria de Calatrava y Arturo Arnalte
entrevista al último Premio Nacional de Arquitectura, quien afirma,
entre otras cosas, que “el arquitecto dirige una orquesta que toca
su propia partitura”.
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