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Arquitecturas de cine

Romas y pompeyas de cartón piedra, ciudades metálicas navegando por el espacio... Hace 25 años, Ridley Scott estrenaba “Blade Runner” y moría Philip K. Dick, autor del relato que inspiró la película. Las grandes urbes han sido siempre los escenarios perfectos para el cine, como apunta el último libro de Graham Cairns, “La visión espacial del cine. El arquitecto detrás de la cámara”. Roma, Madrid, Nueva York y Tokio son las ciudades que atraparon, una y otra vez, la mirada de Fellini, Almodóvar, Scorsese y Ozu.

 

Arquitecturas de cine

Corre el año 1927 y en los cines alemanes se proyecta Metrópolis, la última película de Fritz Lang. Adolf Hitler queda fascinado por la fantasía futurista de esta ciudad de pánico y locura, donde la masa de subhombres trabaja para la élite de los señores y que parece plasmar en impactantes imágenes todo el veneno de la ideología nazi. Para entonces, el ámbito urbano ya es materia bien conocida en el cine que está a punto de abandonar el silencio.

Los fastos y luchas del pasado daban para mucho y sería el gran cinéfilo Mussolini, al ordenar la erección de los grandes estudios de Cinecittá, el verdadero impulsor de las más espectaculares escenografías para aquellas películas de romanos o género peplum que levantaban falsas romas y pompeyas y encandilarían a varias generaciones. Por la misma época, las otras dictaduras recurrían también al cine como eficaz materia propagandística. Poco urbano, el nazi prefería los espacios naturales, las formas arcaizantes y las fantasías románticas, mientras en la Rusia estaliniana los grandísimos Eisenstein y Pudovkin imponían su revolución expresiva y hacían de las multitudes protagonistas corales de su implacable realismo sobre espacios –escalinata de Odesa, plaza del Palacio de Invierno– bien lejos del cartón piedra.

Al otro extremo del mundo y de la ideología, Hollywood practica por entonces con vigor todo lo contrario, y los grandes estudios creaban, de forma más o menos fiel pero siempre con gran eficacia, los espacios urbanos exigidos por los guionistas. El cartón piedra plasmaba así muchas de las imágenes que de las ciudades recibirían millones de personas. Las recreaciones organizadas por De Mille podían pasar bien por el paroxismo de la fórmula. Era el encanto de la lejanía que la falsedad otorgaba y que tanto contribuía a hacer que las salas de proyección fueran verdaderos palacios de sueños.

Hace 25 años, Ridley Scott estrenaba “Blade Runner” y moría Philip K. Dick, autor del relato que inspiró la película. Las grandes urbes han sido siempre los escenarios perfectos para el cine, como apunta el último libro de Graham Cairns, “La visión espacial del cine”. Con motivo de la efeméride, José María Solé escribe en este número sobre esas grandes ciudades reales o imaginadas que han protagonizado escenarios perfectos en el cine. En un segundo artículo, Javier Memba repasa la vinculación entre cuatro grandes directores y sus ciudades fetiche, Federico Fellini y Roma; Pedro Almodóvar y Madrid; Martin Scorsese y Nueva Yorl y Yasuhiro Ozu y Tokio.





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