|

Corre el año 1927 y en los cines alemanes se
proyecta Metrópolis, la última película de Fritz Lang. Adolf Hitler
queda fascinado por la fantasía futurista de esta ciudad de pánico y
locura, donde la masa de subhombres trabaja para la élite de los
señores y que parece plasmar en impactantes imágenes todo el veneno
de la ideología nazi. Para entonces, el ámbito urbano ya es materia
bien conocida en el cine que está a punto de abandonar el silencio.
Los fastos y luchas del pasado daban para mucho
y sería el gran cinéfilo Mussolini, al ordenar la erección de los
grandes estudios de Cinecittá, el verdadero impulsor de las más
espectaculares escenografías para aquellas películas de romanos o
género peplum que levantaban falsas romas y pompeyas y encandilarían
a varias generaciones. Por la misma época, las otras dictaduras
recurrían también al cine como eficaz materia propagandística. Poco
urbano, el nazi prefería los espacios naturales, las formas
arcaizantes y las fantasías románticas, mientras en la Rusia
estaliniana los grandísimos Eisenstein y Pudovkin imponían su
revolución expresiva y hacían de las multitudes protagonistas
corales de su implacable realismo sobre espacios –escalinata de
Odesa, plaza del Palacio de Invierno– bien lejos del cartón piedra.
Al otro extremo del mundo y de la ideología,
Hollywood practica por entonces con vigor todo lo contrario, y los
grandes estudios creaban, de forma más o menos fiel pero siempre con
gran eficacia, los espacios urbanos exigidos por los guionistas. El
cartón piedra plasmaba así muchas de las imágenes que de las
ciudades recibirían millones de personas. Las recreaciones
organizadas por De Mille podían pasar bien por el paroxismo de la
fórmula. Era el encanto de la lejanía que la falsedad otorgaba y que
tanto contribuía a hacer que las salas de proyección fueran
verdaderos palacios de sueños.
Hace 25 años, Ridley Scott estrenaba “Blade
Runner” y moría Philip K. Dick, autor del relato que inspiró la
película. Las grandes urbes han sido siempre los escenarios
perfectos para el cine, como apunta el último libro de Graham Cairns,
“La visión espacial del cine”. Con motivo de la efeméride, José
María Solé escribe en este número sobre esas grandes ciudades
reales o imaginadas que han protagonizado escenarios perfectos en el
cine. En un segundo artículo, Javier Memba repasa la
vinculación entre cuatro grandes directores y sus ciudades fetiche,
Federico Fellini y Roma; Pedro Almodóvar y Madrid; Martin Scorsese y
Nueva Yorl y Yasuhiro Ozu y Tokio. |